
La idea surgió en una playa junto al mar, pero no en épocas del sucundum. Fue hace algunos años, eso sí, una tarde de ronda de amigas, cuando el tiempo siempre es propicio para la conversación menos urgente. Que por qué nos nos das un taller de literatura, me dijeron a mí, pues venía contando mis últimas lecturas. Que no, que ni loca. No sabría cómo, en todo caso, vos, –me acuerdo que le dije a la que estaba justo a mi lado– danos clases de cocina, que me mataste con tus recetas este verano..
Y así, en plena playa, se fue armando el querido Polirrubro.
La cosa era así:
Un grupo de diez mujeres nos reuníamos una vez por semana (fuimos probando distintos horarios, según las varias ocupaciones) y cada una compartía con las otras, en riguroso turno, aquello que sabía hacer o que más le apasionaba.
Empecé yo con cuatro encuentros dedicados a Borges. Con esmero, preparé fotocopias para repartir, seleccioné información y armé un recorrido interesante que abarcaba su vida y su obra.
De Borges pasamos a las clases de cocina –el "ser pastiche" era rasgo fundante del Polirrubro, de ahí su nombre– en la casa de la cocinera en cuestión. Ella en el centro de la cocina y nosotras en la tribuna, atentas al crepitar de las cebollas y al paso a paso del plato del día. La clave era terminar con la degustación en vivo de todo lo que habíamos preparado.
A esta altura, cada una, en su casa, ya revolvía la cacerola al son de los poemas de Borges.
Íbamos bien.
Pasemos a otro tema, dijimos, hastiadas de tanto soufflées y con varios kilos de más.
Y entonces llegó la cosmetólga con su mágico maletín, rebosante de polvos volátiles y rubores en barra. Alrededor de una mesa, empezamos desde el paso uno: limpieza de cutis, mascarilla de pepino par una buena hidratación, y terminamos con los consejos de nuestra experta para lograr un buen maquillaje: ojo con los ojos –decía ella parodiando a la profesional de Utilsíma Satelital–: para las ojeras que tienden al marrón, va tapaojeras amarillo; para las rojeces del rostro, el corrector debe ser verde y nunca, ¡pero nunca! deberán maquillarse el cuello. La sombra para párpados se coloca así, síganme: esfumando de acá para allá... Creo que fue más la risa que el aprendizaje, porque cada tanto veo en mi cajón del baño el corrector verde que jamás usé, y porque, digamos la verdad, muchas de las amigas del Polirrubro apenas si tenían un rímel añoso y un brillo pegoteado en su bolsitos de cosméticos.
Le siguieron clases de historia, que nuestra profesora y amiga había preparado casi como para un posgrado en Harvard. De su mano recorrimos el conflicto árabe-israelí, primero, y después, las causas y consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, que nos llevaron largos meses.
Agobiadas por temas tan complejos, decidimos despejar mentes y cuerpos con nuestra experta en Turismo: alquilamos una combi e hicimos un maravilloso recorrido por la ciudad de Bueno Aires. A partir de esa experiencia, miro la ciudad con otros ojos; ya nada se me escapa. Me di cuenta de la poca atención que le había prestado a las innumerables fuentes que la adornan, a las cúpulas de algunas avenidas, a los increíbles árboles en flor. Fue como ver la ciudad por primera vez, después de haberla habitado, casi indiferente.
Un día de fiesta que terminó con almuerzo en La Boca, pasadas las tres de la tarde.
Continuará...