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6.1.11

Próximas lecturas, qué felicidad


Ya les he contado que todos los veranos encaro la lectura de algún clásico. Siempre recuerdo aquel famoso enero en Chapadmalal, cuando me devoré La Guerra y la Paz, o aquel verano de lluvia en el sur, y yo con las narices dentro del La Montaña Mágica.
Pero este año no. El envión rutinario y estival se detiene justo acá, en enero de 2011.

Pasó lo que pasó: durante el año fui haciendo acopio de libros; uno sobre el otro los he ido apilando, y hoy la torre de papel llega casi al cielo. Llegó la hora de la selección.
Saben también que me gusta mucho la literatura argentina, me interesa saber qué se escribe aquí y ahora, pero parece que este gusto se ha potenciado últimamente. Miren, esto es lo que voy a leer mientras dure la calma chicha, los días sin horarios, las noches en vela:

Autores argentinos:

Los modos de ganarse la vida, Ignacio Molina, Entropía
Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Christián Alarcón, Norma
Buenos Aires, la ciudad como un plano, Crónica y relatos, La Bestia Equilátera Una idea genial, Inés Acevedo, Mansalva
El escritor comido, Sergio Bizzio, Mansalva
Precipitaciones aisladas, Sebastián Marínez Daniell, Entropía
Desalmados, María Martoccia, La Bestia Equilátera
Otros:

Los secretos de Romina Lucas, Ercole Lissardi, Biblioteca Lissardi
Mamá, Joyce Carol Oates, Alfaguara
Mi madre, Richard Rord, Anagrama
La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, Siri Hustvedt, Anagrama
Éramos unos niños, Patti Smth, Lumen
Biografía del hambre, Amelie Nothomb
El sabotaje amoroso, Amelie Nothomb
Entre dos fuegos, Vida del padre Mugica, Mártín De Biase, Ediciones de la Flor

Ya leí el de Molina.
Estoy con Precipitaciones aisladas.

(Cada tanto me ataca la ansiedad, quiero leer ya el de Patti Smith; no, mejor sigo con el de Siri... qué será eso de los temblores, me pregunto. Ay, pero cómo me gusta Amelie Nothbom).

Soy un caos, ya lo sé. Carezco de método lector, pero no me importa, mientras haya disfrute, qué más da.

29.12.10

Mejor, sin título

"Los dos grandes lujos de esta etapa de la vida son para mí el espacio y el tiempo", dijo ayer Serrat en un extraño reportaje. Y yo me quedé pensando en cuánta razón tenía. Pero fui más allá y pensé que son las madres, en realidad, las que más saben de desalambrar.

Los hijos son lo mejor de la vida.
La razón de la existencia.
Uno lo da todo por ellos, y cuando digo "todo", créanme, es todo.

Una les da –cueste lo que cueste–, el rincón más confortable, la mejor platea en el recital, la cascarita rica del soufllé de queso, el último chocolate.

Una revuelve cielo y tierra en busca de monedas para sus colectivos, en busca del billete que se les perdió.
La madre les presta a las hijas ese vestido que tanto amarretea, y a hijas e hijos la laptop, el auto, la tele, el calefón.
Una se enfrenta al mundo por ellos: al marido, al cuñado, al vecino, al doctor. Les cuida el sueño, les acaricia las nanas.
Se odia a quien los lastima, se ama a quienes los saben querer: así somos, aunque se sepa lo mal que está.

Por eso la calma nunca es total, y el espacio y el tiempo se desdibujan en un santiamén. No hay cerco ni límite, no hay frontera. Porque siempre habrá un hijo en baja que necesite de nuestras manos: mal de amores, problemas de trabajo, un dolor de cabeza, un traspié en la Universidad.
Una corre, entonces, de acá para allá.

Está siempre en guardia, a la espera del llamado filial. Desde chiquitos, desde el primer llanto hasta el fin de la eternidad, ahí están los hijos gritando: ¡Mamá!

Y la mamá espera en silencio a que salgan los soles en sus horizontes. Y mientras se espera se reza, se prenden velas y velitas, se implora a algún Dios, no importa cual.

Que los hijos no son tus hijos, son los hijos de la vida, es verdad. Pero a mí qué. Yo quiero para ellos la Cajita Feliz. El Mejor de los Mundos. La Eterna Felicidad.

22.11.10

La mañana que no fue

La mañana es perfecta y mi necesidad de silencio me lleva hasta el río, hasta aquel bar con su sombra para mí.
No hay nadie: me siento y llena de gozo pido un cortado.
El reflejo del sol en el río a esta hora del día me reconforta, me hace pensar en lo bella que es la vida. Saco de mi cartera cuaderno y birome justo en el momento en que dos hombres de alrededor de 60 años eligen, por suerte, una mesa alejada de la mía. Todo encaja con mi deseo de hoy hasta que los dos hombres empiezan a conversar. ¿Es que acaso pensé que permanecerían en silencio? Hablan del campo, de sequías pasadas y de hectáreas fértiles. Uno, el que menos habla, tiene una traqueotomía o algo así, un decir metálico y amplificado, con un eco extraño que perturba mi mañana. Pobre, pero lo odio. Por qué no se calla, pienso. Tosen. Los dos tosen. Pero el de la voz de metal tiene carraspera, flemas que imagino verdes y viscosas.
Un pájaro les revolotea alrededor; hago fuerza para que los perturbe de tal modo que tengan que interrumpir su diálogo. Ahora uno tose con fuerza, deja los pulmones en el aire. La mañana limpia, luminosa, se espesa, se convierte en plomo, se carga de esputos, de rabia, de culpa. Porque me da culpa sentir lo que siento: que no los aguanto, que los quiero lejos, donde no pueda adivinar sus voces ni la consistencia de cada expectoración.
Ahora hablan de un amigo. Un "chupandinga", dicen. No bajan el tono de sus voces, gritan y tosen; tosen y gritan.
Me quiero ir.
Me voy. Con mi culpa y mi necesidad de silencio a cuestas. Qué mala que soy.

16.11.10

Milonga de pelo largo

Ayer fue mi cumpleaños y mi madre –siempre mi madre–, cayó con dos regalitos. Un farol decorativo de intensísimo color y un recorte del diario: "Mujer madura... y de pelo largo". Ay, es que lo leí y pensé en vos, dijo, divertida.

Resulta que la autora de la nota cuenta lo mismo que cuento yo cada vez que debo defenderme de ser lo que soy: una mujer madura y de pelo largo. Fueron su madre y la mía las culpables de semejante desatino. Nuestros pelos largos son casi una proclama, una rotunda vendetta frente a ese corte tipo paje al que fuimos sometidas durante los dulces e inseguros años de la infancia.

Bueno, pero tus hermanas lo tienen mucho más corto, insistía la vieja (la mía), yo que vos me lo cortaba un poco.
Ufa. Tres veces ufa. Porque si se anima a decirme esto el día de mi cumpleaños, es que ha habido conciliábulo sobre el tema. ¿Será posible que todas mis hermanas hayan decido que listo, que ya está, que basta?

La realidad es que las opiniones están divididas, algunas me dicen cortate un poco, pero otras retrucan con un enfático ¡no, no te lo cortes!
Confieso que lo mismo me pasa a mí, estoy entre el que si y que no, pero los años pasan y con suerte me animo apenas con unos centímetros.

Supongo que cuando llegue el momento me haré un rodete o luciré, como le prometí un día a una de mis hijas, una larga trenza blanca.
Pero jamás volveré a aquel vergonzoso corte a lo Cristóbal Colón.

3.11.10

Lenguaje corporal


Hay personas que son, aun mudas, un puro lenguaje a la intemperie.

No necesitan de las palabras para comunicar lo que les pasa. Si tienen frío, simulan un tiritar intenso y se abrigan con sus propios brazos. Si es el hambre lo que los aqueja, se meten casi dentro de la heladera: cuanto más adentro, más hambre.
Uno puede darse cuenta cuan a gusto se encuentran conversando con Juan o con Pedro, con Ana o con María. Hay algo ahí que los traduce: la rigidez de la columna, el aleteo de las fosas nasales, un resoplido apenas disimulado.

Observar el modo en que ven televisión es todo un espectáculo; un rictus severísmo los delata si desde la pantalla algo los perturba. Se sabe entonces que vendrá el zapping, así, drástico como una queja. Al rato, es probable que una media sonrisa se les instale en plena cara, señal de que ese oficio, finalmente, sí les agrada.

Son hombres y mujeres transparentes, más allá de las palabras. No hay tu tía, lo que se ve es lo que es, lo que hay, lo que está siendo. ¡Y yo los quiero!

25.10.10

Otra tara familiar


Hay un defecto ahí. Una discapacidad familiar. ¿Cómo no culparla a ella, a la madre, de este atropelladero? Me animo a decir que todos los hermanos (pongamos una máxima de 6/6 y una mínima de 4/6) empezamos así:

Tomamos amorosamente la caja en cuestión entre las manos; buscamos la punta del envoltorio para empezar a desenvolver. Tanteamos con los dedos, atentos a la arista que nos diga: "es acá". Al segundo, ya impacientes, empezamos a rasgar, así, suavemente. Un instante más y estamos arañando el celofán, todavía en eje, esperanzados.

Pero no. No hay caso.

Entonces todo nuestro cuerpo pone segunda, y a cuatro manos descuajeringamos, rabiosas, la frontera que nos separa del meollo del asunto. Arrancamos papel, destrozamos cintas y cajas en mil pedazos. Resoplamos impotentes, puteamos por lo bajo o por lo alto.

Esto mismo nos pasa con todo aquello que deba ser abierto: una caja de remedios, un pack de promoción de shampo más crema de enjuague, una caja de arroz, una coqueta birome envuelta para regalo, un paquete de galletitas, un pote de helado, un sachet de leche.

Qué frustración. Por más esmero que le pongamos nos vence la ansiedad, nos derrota la impaciencia en asuntos de abrir y encontrar.

Toda la culpa es de nuestra madre, aunque todavía no encontremos el porqué.

12.10.10

Ordenando la biblioteca




Intento ordenar mi biblioteca, pero no sé cómo.

Sólo sé que cuando quiero buscar algún libro, me acuerdo del lugar exacto en el que está. Voy derecho hacía allí... y enorme es mi desilusión cuando no lo encuentro. Entonces empiezo: ¿a quién le presté Los Hermanos Karamazov? ¿cómo pude? ¿Y aquella primera edición de Boquitas pintadas? ¿¿¿Y Las Hortensias, de Felisberto, regalo de mi hermano Ale??? ¿Por qué no me los devuelven?

Por eso, desde hace un tiempo inauguré un estante especial en donde habitan los libros que no presto a nadie. O porque los quiero mucho o porque están demasiado subrayados y marcados... o porque me muero si los pierdo. Ahí siempre están:

Prosas apátridas. Julio Ramón Ribyero.
Cartas a L. Colet. Flaubert
Descanso de Caminante. Bioy Casares.
Biografía de García Lorca.
El peso del mundo. Peter Handke.
Diarios de Cheever.
Diarios de Ángel Rama.
Alta Fidelidad. Nick Hornby.
Conversaciones con Thomas Bernhard.
Conversaciones con Paul Auster.
Conversaciones con Lobo Antunes.
Conversaciones sobre Borges. Cañeque.
Crítica y ficción. R.Piglia.
Copi. Aira.
Cicatrices. Saer.
Narraciones I y II. Saer.
El concepto de ficción. Saer.
La edad de la razón. Sartre.
La enfermedad como metáfora. Sontag... entre muchos otros. ¿¿¿Está mal???

Mientras sigo ordenando y se me va el enojo, van estas fotos de otros de mis libros-tesoros, para que se maravillen un rato! Atenti al año de edición...


27.9.10

¿Un glosario para mí?

Ya les conté que no tengo empacho en subrayar los libros. Con lápiz o con lo que venga. No sólo subrayo, sino que largo líneas para arriba y para abajo, marco surcos dobles cuando ese párrafo –y no otro– brilla para mí en medio de la página, jaes (así: ja!) si es que lo que leo me hace reír.
Desde que tengo un blog, nuevas marcas (casi fórmulas), se amontonan en las hojas leídas.

Si hasta hace un tiempo mi hermana me llamaba, desesperada, porque no entendía mis marcas, de ahora en más, supongo que deberé instalar a modo de glosario, el significado de los nuevos códigos, para que la pobre pueda leer sin contratiempos.

En plena lecutra, ella va dar con:

- una letra B = (tema para blog)
- una letra C = (citas de fin de semana).
- LLP + janfi = (copiar para La lectora Provisoria y mandar a Janfiloso)
- ? W = (buscar más info en la web)
- ##R =
(copiar y mandar a Ramiro, por ejemplo)
- s/ m, s/vej s/ padre = (sobre la muerte, la vejez, el tema del padre).

Y hasta podrá encontrase con esta fórmula:

?Y + (B) + C = (párrafo para consultar con yupi –nuestro experto en Aira–más tema para el blog, más posible cita de fin de semana).

Hermana, ¿estás ahí?, ¿qué hago?

14.9.10

Recuerdos I

"A mí me salvó la adolescencia". Cuántas veces, a lo largo de mi vida, me encontré repitiendo esta frase.
Porque yo llegué a los 12 años tímida, completamente aterrorizada -tan flaca y tan alta-, y rodeada de tres íntimas amigas que no me llegaban ni al hombro.


La causa de mi terror eran los varones y había llegado el momento de hacerles frente. Para mí eran como seres de otras galaxias, como arquetipos del mal, como amenazas andantes.
Mi casa era una casa de mujeres. No puedo contar a mi único hermano, porque en esa época convulsionada apenas tenía 2 años. (Con el ser varón de mi hermano me encontré mucho después).

Pero me fui de tema. Vuelva a la cuestión de la salvación.
Ya les insinué que yo me sentía realmente horrible, más que horrible, sufría por mi altura. Me sentía desgarbada y sin ningún encanto, ajena a esa gracia propia de las petisas. Si caminábamos las cuatro amigas por la calle, ahí iban las tres, proporcionadas, manuables, chiquitas y risueñas. Y en medio de tanto equilibrio, yo, que emergía incómoda y destartalada, como un obelisco enclenque.

Visto desde hoy resulta una exageración, pero vayamos hacia atrás, hacia el incómodo mundo de una chica de 12 años que ya medía 1,68 y que, seguramente, seguiría creciendo. En esos años, nada estaba más lejos nuestro que celebrar las curvas y las alturas desmedidas.

Los varones que empezábamos a conocer eran todos bajos, menos uno, que se llamaba Enrique.
Enrique era, lejos, el más buenmozo de todos. Se parecía a Kirk Douglas porque tenía el mismo canal profundo que cortaba su mentón de arriba abajo.

Una de mis amigas -de las petisas- que vivía a la vuelta de mi casa, tenía un montón de hermanos varones. Por eso no me gustaba ir hasta allá, pero si no había más remedio, me escabullía, sigilosa, para que no me vieran pasar. Qué seres extraños eran para mí, perdón por la insistencia.

Uno de sus hermanos era muy amigo del Enrique que se parecía a Douglas. Enrique tenía una hermanita en segundo grado, en el mismo colegio que yo, así que empezó a ir todas las tardes, nunca supimos si de verdad tenía que buscarla o sólo encontró la excusa para ver chicas (petisas, risueñas).

Desde ese momento, todo primer año empezó a morir de amor por él, incluida yo, aunque nunca me animé a confesarlo. Las chicas más lindas y simpáticas estaban locas por él, ¿cómo se fijaría en un fideo desabrido? Ni se me cruzaba por la cabeza.
Pero a pesar de mi aparente apatía, interiormente todo mi yo peleaba, a su manera, por el amor del hombre del tajo.

No podía decir "acá estoy, mírenme", no tenía armas para semejante conquista. Pero cada tarde, cuando volvía caminando del colegio con mis cuadernos apretados contra el pecho, me detenía unos segundos frente a un pino altísimo. Si miraba hacia lo alto, veía cómo la última punta de la copa del pino se tocaba con el cielo, siempre azul. Yo entonces cerraba los ojos, y así, rápido, como con cierto disimulo, decía: "árbol, sé bueno, ayudame, pedile a dios que haga algo para que él aunque se me mire una vez".
Continuará...

1.9.10

Iguales y distintos

Ya les conté que mis hermanos y yo nos reconocemos en ciertas taras. Pero a pesar del denominador común, arrastrado desde la misma infancia, cada uno carga con sus marcas individuales.
Una de nosotras (no voy a decir cuál) levanta papeles del piso, esté donde esté. Tan grande es su obsesión, que hasta sale a caminar por la playa con una bolsita para ir levantando aquellos papeles que se le hacen irresistibles. No puede contenerse, se le hace agua la boca como a mí frente a una torta de chocolate y naranja.
Cinco de nosotros somos más o menos cuidadosos con nuestra apariencia. Pero una, sólo una, no se mira en el espejo ni el día de su cumpleaños. Cada tanto, sale un fashion emergency. Una se ocupa de su pelo, otra de las manos, de la ropa, de los zapatos. Ella se deja, hasta que le agarra el ataque y nos grita: "¡¡Atrás!!". Total, para qué, pienso yo, si su corazón siempre anda arregladito.
La mayor odia los perros y en la otra punta de la escalera real, la menor los colecciona: tiene cinco y siempre va por más. Los mete en su cama, conversa con ellos, llora cuando al más feo le hacen un desaire, se deja lambetear sin descanso.

Hay ciertas rarezas comunes a todos: somos hijos de la misma madre, una mujer sociable y conversadora que cada tanto nos dice: "¿se puede saber de dónde salieron ustedes?", cuando nos escucha refunfuñar porque algún evento a contramano nos saca fuera de nuestras cuevas. "Es que no tenemos conversación de cóctel", se defiende una en nombre de todos.
Pero hay más: compartimos una extraña rareza -si se me permite semejante redundancia-, que flota en el ambiente como una marca de nacimiento de la que las mujeres no nos podemos desembarazar... sólo las mujeres, porque ÉL... ¡vaya si pudo!
Resulta que somos demasiado puntuales. La puntualidad llevada a ese extremo se convierte en un defecto que nos hace avergonzar. Un impuntual (grave) frente a cinco puntuales por demás. Si la cita es a las 10, nosotras llegamos 9,45. Mi hermano, a las 11 o a las 12, si es que llega, porque también puede hacerse humo.
Lo mismo nos pasa allá donde vayamos. Primeras, siempre primeras. Aunque nos propongamos quebrar la barrera de la puntualidad, aunque nos distraigamos en el camino con el propósito de sorprender a los otros, nada. Ahí estamos, unos minutos antes de la hora acordada.
¿Tendrá la culpa nuestra madre?
Para mí que sí.

25.8.10

Un nuevo verbo para conjugar


Algunos amigos no entienden qué les veo a los blogs, a facebook y a twitter, y se preguntan cómo tengo tiempo, en qué momento me siento en la computadora. Por mi lado, yo me pregunto cómo es que ellos no, ¿acaso hay alguien que no está unas cuantas horas por día frente a la pantalla? Es así, les digo yo: trabajo... y espío los nuevos post de amigos blogueros o los comentarios que dejan acá. Trabajo... y me doy una vuelta por facebook, como quién sale de paseo por el vecindario. Sigo trabajando... y al twitter, a ver qué pasó hoy.
Pero la verdad es que yo también me lo pregunto.
Quizás, sólo quizás, sea temor a quedarme fuera del hoy o, quizás, (sólo quizás) se trate de una manera de permanecer en el mundo. Como si lo actual me sacara de la melancolía. Como si la coyuntura, lo que es y lo que está me obligaran a pisar tierra. Tierra firme, o puro fango, lodazal, enchastre de barro y arena, pero tierra al fin.

Cierto es que a los demasiados libros se les han sumado ahora los demasiados links.
"El exceso de información paraliza", dijo hace unos años Umberto Eco, ¿será que ya superamos la paralización? Por lo menos yo me he puesto canchera, puedo decidir qué leer y qué no. Al fin y al cabo, se tarda lo mismo que se tarda frente a la góndola para decidir si comprar este, ese o aquel jabón en polvo. Se aprende a clavar la mirada allá donde debe ser clavada. También se aprende a recorrer un texto a vuelo de pájaro aunque, al mismo tiempo, se desaparende el arte de leer despacito, suavemente, casi en cámara lenta.

Mi último descubrimiento ha sido Twitter. En 140 caracteres, ni uno más, habrá que decirlo todo. Se ponen en juego, entonces, la creatividad, el esmero, el valor de cada fonema lanzado al mar.


Debo decir que recién en estos días le estoy pescando la vuelta: el pajarito es una especie de aglutinador de redes, de picoteador de intereses, de vocero azul de las últimas noticias.
Hay de todo, como en el bar de la esquina. El que twitea sin parar, verborrágicamente; el calladito, pero que cuando teclea hace cacarear al pajarito hasta convertirlo en pajarraco; el gracioso, la chismosa, el que todo lo comparte, el hiper informado.

Mis preferidos hasta ahora, apenas días de abrir una cuenta:
Pablo sirven, porque no es como yo pensé que era. Me descolocó. No es un señor serio que odia a Tinelli (como yo). Es bastante ingenioso y twitea sin parar.
Fernanda iglesias, mujer ocurrente por demás. Apenas si la conocía y no me simpatizaba, pero sus twiteos me hacen reír. Embarazada, nauseabunda y chimentera, tiene todo el tiempo del mundo para ver y contar.
Jorge Asís, Lucas Carrasco, el genial Jotafrisco, mi amigo provisorio galois. Periodistas, políticos, presidentes: todos ahí, encerrados en tweeteos constantes y sonantes.
Dijo un comunicador muy pavote que Twitter es el lugar donde se juntan los adolescentes tardíos. Me río de su decir, tan luego él, el más tardío de los adolescentes. Otro periodista es contundente: las redes sociales redefinieron no los modos de sociabilidad, sino los modos de perder el tiempo, cosa que, al menos, tiene su gracia y resulta un tanto provocador.
No sé si redefinieron la manera de comunicarnos, pero sí nos brindaron un nuevo soporte, una novedosa plataforma desde donde poder decir hola que tal.

15.7.10

¿En qué andás?


¿En qué andás?, me pregunta una amiga:

* Estoy leyendo:

Política y/o violencia. Una aproximación a la guerilla de los años 70, de Pilar Calveiro.
Verano, de J. M. Coetzee.

* Estoy terminado:

La niña guerrera, de Laura Ramos.

* Estoy pintando:

Una silla.
Dos cubos.
Un silloncito.

* Estoy rasqueteando:

Un piso que me da mucho trabajo.

* Estoy corrigiendo:

Dos revistas institucionales.

* Estoy guardando:

Los diarios que no puede leer estos días, los blogs que dejé de visitar esta semana.

* Estoy pensando:

En que, pobre mi vieja, nadie le da el asiento en el tren.

* Estoy proyectando:

Una novela.


* Estoy por ver:

La serie Dexter, porque acabo de terminar el libro en el que está basada.

* Estoy... por ir a prender la chimenea ya, ¡qué frío!


13.7.10

(...)


Hoy será un día de no trabajo. Puedo postergar una entrega hasta el jueves.
Necesito 24 horas de silencio, de pausa, de no decir nada; que mi mandíbula se afloje y se quede así, quieta.
Necesito que mis ojos descansen de las páginas y de las pantallas, que se serenen mis neuronas después de días de intensas lecturas.
Que no suene el teléfono. Que a nadie se le ocurra tocar el timbre hoy. Que la radio se calle y se callen todos los locutores y todos los animadores de la televisión.
Será un día de fuego en la chimenea, de rasquetear pisos, de pintar muebles, de enchastrarme con pintura de la cabeza a los pies.
Un viejo jean, una camisa rota de franela: no quiero más. Que mi columna se tuerza para un lado y para el otro, necesito cargar mi espalda, forzar mis brazos, ensuciarme las manos con polvos y lijas.
Puedo también coser o bordar. Jugar a que soy una mujer de otros tiempos.
No haré listas hoy, total para qué. Si las listas de cada mañana son como el cuento de nunca acabar, como el retorno eterno, como la vuelta de un perro en busca de su cola, como volver a la casilla de salida otra vez. Hoy entro en un paréntesis así: (...).
Después, ya más tarde, voy a cocinar.

Sopa de calabaza:

Rehogar en manteca 1 cebolla muy picada y algunos champignones, picados también.
En cacerola aparte, calentar 1 cda de manteca.
Agregar 2 cda de harina y cocinar unos segundos.
Añadir 1 cda de curry 3 tazas de caldo, 1 cda de miel.
Llevar a fuego junto con un puré de calabaza.
Cocinar 10-15 m.
Agregar crema a gusto.
Salpimentar.

28.6.10

Ni muy muy ni tan tan 3

Este post no tiene otro contenido que estas ganas de contarles que:

1) Estamos felices porque ganamos contra México.

2) Que estamos muertos de miedo porque jugamos contra Alemania.

3) Que este blog acaba de cumplir tres años, después de haber publicado 505 entradas.

Que estoy muy agaradecida con todos y cada uno de ustedes, buenos amigos que me acompañan en los bueno y en los malos post.

Vaya este especial agradecimiento a koba, angelina, Carlos G, Herida de Paris, maría, Conocido de la vida, yupi, lord, Mickey, Jorge y sus distintas versiones, juli, Jotafrisco, Betina Z, Claude, Mary Poppins, Yoni Bigud, mili, Matías F., Lirium, AM, donde, Enter, stella, condesa sangrienta, josé soriano, M.T., Marina, Wonder, ángel eléctrico, glenda, J, dr 7, filo, Lirium, Nadie, marcela, ceci, Gamar, Jorge Arce, Rodolfo, Podredumbre dorada, lucía, janfiloso, Ernesto Ugarte, lexi, minombre, loitt, Pepe Palermo, Pustulio, Esperando la carroza, cris, magu, nada se pierde, Winter, caia, maray, fersita, Mael Paul Veaux, candorosa, adenoz, mensajero, ana, angie (H), ati, bernie, reina, MM, buzer, talle small, rodolfo, claude, magah, poeta, malena, Cass, Waitman, viejo agustín, fede, Emiliana, galois, Gemma, juanma, marmottan, Mr Halls, Nippur, Occam, Pablo Franko, Pablo V., Verde manzana, Mishiguene kop, lola, sapaflor, girlontape, Anónimos Buenos y todos los SEGUIDORES. A los malos, ni la hora.
Gracias también a los fotógrafos: Magdalena Sorondo, Alejandro Guyot y Gualterio Pulvirenti, a quienes les suelo robar sus fotos.
Para koba, galois, stella, Jota y Enter: un doble agradecimiento por el soporte técnico en épocas de penuarias.

A todos: ¡Muchas gracias por la buena compañía!

Y les dejo de regalos estas estrellas... ¡porque estamos contentos! Quién lo hubiera dicho. Yo, no.

21.6.10

Algunos recuerdos más


Llegamos a Ciudad del Cabo una mañana de marzo. La mayor de mis hijas, de apenas 3 años, no se sorprendió ante los hombres de color que circulaban por el aeropuerto, solo preguntó, como pregunta una niñita de esa edad: "¿Por qué esos señores son verdes?". No se qué habrá visto, pero eso fue lo que dijo.

Me acuerdo que, al tiempo de llegar, además de lo maravilloso del entorno y la crueldad inexplicable del apertahaid, me sorpendieron ciertas costumbres, nuevas para mí.


1) El consumo estrepitoso. "¡A comprar!", parecía ser el grito de largada de todos los sábados en los centros comerciales. Nosotros veníamos de una Argentina en donde había que rebuscárselas para llegar a fin de mes, de ahí nuestra sorpresa y nuestro temor cada vez que sacábamos la tarjeta de crédito, a pesar de las mil cuotas, toda una novedad para nuestra costumbre inflacionaria.

2) Nos costó adapatarnos a los horarios, pero lo logramos, no sin cierto esfuerzo. Cenar a las siete de la tarde se nos hacía complicadísimo, pero no queríamos parecernos a esos argentinos nostalgiosos que seguían con sus relojes clavados en el horario patrio. Así que apechugamos, aprendimos, y hasta le encontramos el gusto después del primer año.

3) En Ciudad del Cabo, nunca, jamás, un hombre piropea a una mujer.
El piropo, simplemente, no existe.
Una tarde íbamos tan tranquilos caminando por la costa, lugar donde se juntaban los surfers en verano y en invierno. Cientos de jóvenes en sus veintes o treintas, atentos al estado del mar y de las olas. En eso, vemos que avanza hacia nosotros una de las mujeres más monumetales que yo haya visto en mi vida. "Atenti", le digo a J., "vas a ver como nadie la mira". Dicho y hecho, el minón pasó por entre las hordas de hombres... y nada. Pero nada de nada. En la Argentina se la hubieran comido viva, me acuerdo que pensamos.

4) Una noche una sudafricana me invitó a su casa, porque iban amigas con las que habían formado un Book Club o algo así. Después de hablar un poco de libros y de tomar té o café, una de ellas contó que la hijita estaba con meningitis, internada en un hospital. Las demás le dieron dos o tres palabras de aliento, y siguieron hablando de otros temas. Yo me quedé muda, no hacía más que mirarla hasta que me animé y le pregunté cuántos años tenía la hija. Me contestó que apenas cuatro. ¿¿Y está sola??, volví a preguntar. "Sí, claro –me contestó–, llorisqueó un poco porque no quería que yo me fuera, pero me puse firme y le dije que tenía que ser fuerte... y que chau".

Cuando volvía a casa me encontré con la noticia de que a un amigo nuestro, de treinta y tres años, lo había operado de apendicitis y que su madre, de setenta y tantos, se había quedado a dormir con él, y que no le había soltado la mano durante toda la noche.
Ni muy muy ni tan tan.
Díganme si no.
Se acabaron los recuerdos por hoy. Me voy preparando para el partido... ¿lo van a ver?

16.6.10

Más historias sudafricanas

El mismo día de nuestra llegada a Ciudad del Cabo, llamamos a Martín, el hijo de un amigo de mis padres, que había sido cónsul en Sudáfrica. No sabíamos nada de él, sólo que vivía allí desde hacía años y que estaba casado con una alemana. Fue vernos y saber que seríamos amigos para siempre. Sus años de argentinidad se le adivinaban en los gestos, en la forma de abrazar, en el cariño que nos brindó desde el primer "hola".
A su mujer alemana creo que de entrada no le caímos muy bien: "Típica argentina -dijo- con jeans y pelo largo". Ella era mucho más sofisticada que yo, elegante, siempre vestida como quien vive de cóctel en cóctel. Supongo que le parecimos un tanto rústicos y descontracturados. Un día llamamos a las 9 de la noche a su casa y ella, muy enojada, nos paró en seco: "No son horas de llamar a una casa de familia". Glup, pensamos los dos; pero hablamos igual.

Así nos fuimos dando cuenta de que nuestra manera de ser nada tenía que ver con la de los sudafricanos. Imposible caer en la casa sin avisar o invitarse de un día para otro. La cena a la 6 de la tarde; a la cama a las 10 de la noche; los esperamos a cenar dentro de un mes.

Uno de los programas preferidos de los sudafricanos era juntarse los sábados a la mañana a tomar un desayuno completísimo, con fiambres, scons, salchicas, riñoncitos y exquisitos panes integrales. Yo, debo decir, nunca pude pasar del pan y los scons con mermelada y crema.
No tuvimos verdaderos amigos sudafricanos, solo unos pocos, aquellos que se salían del deber ser capetoniano.

Por supuesto, conocimos muchos argentinos, algunos de los cuales decidimos que era mejor perderlos que encontrarlos. "¡Qué hacemos con este tipo!", me dijo un día J., "si estuviéramos en Buenos Aires no nos daríamos ni la hora". Listo. Y nos dedicamos a evitarlos, pues eran realmente calamitosos. Otros, en cambio, se convirtieron en grandes amigos, como Billy, Marta, y Gabriel, un médico argentino que aún vive en Ciudad del Cabo, casado con una bellísima mujer india.

Cierto es que durante los primeros tiempos en Ciudad del Cabo casi no tuvimos relación con no blancos, más allá de la cajera del supermercado o el hombre de la estación de servicio. Fue gracias a Gabriel que conocimos a otros médicos, negros o mestizos. Era muy impresionante conversar con ellos, saber qué sentía un gran cirujano que ganaba mucho menos que un cirujano blanco o que vivían con la certeza de que, de ninguna manera, podían enamorarse de alguien que no fuera de su condición.

Mi tercer hijo nació allá.
Inexperta y tonta, acepté como obstetra a un doctor que no me gustaba ni un poco. Por miedo a parecer una mujer malcriada que extrañaba a su doctorcito Leopoldo, hice tripas corazón y simulé una conformidad que no sentía. La experiencia fue terrible, pero de eso mejor no hablar.
Durante mis dos embarazos anteriores en Buenos Aires, había ido a clases de gimnasia y preparación para el parto. Todas con nuestras enormes barrigas, haciendo abdominales y ensayando pujos y respiraciones. Cada tanto, faltaba una en la ronda barrigona: "¡¡Fulanita tuvo!!"... y entonces todas nos abalanzábamos para saber más: "¿A que hora nació?, ¿cuánto peso?, ¿en cuantos pujos?, ¿el marido se lo bancó?, ¿rompio bolsa?, ¿le pusieron goteo?"... Y la clase de ese día se convertía en pura fiesta.

Intenté repetir la experiencia en mi tercer embarazo. Era, supongo que pensé, una buena manera de relacionarme con otras mujeres, pero no fue fácil. Un buen día, una no apareció. Habrá nacido su bebé, supuse; ahora nos contarán. Pero nada. Al terminar la clase, me animé a preguntar. "Ah, sí, tuvo ayer", me contestó la profesora. Nada más. No hubo preguntas, nadie quiso saber.
No es que no les importara. Con el tiempo, me di cuenta de que esa aparente indiferencia no era tal, simplemente, eran demasiado respetuosos de la vida del otro, no preguntaban si nadie les daba luz verde, simplemente, por temor a invadir la intimidad del otro.
Decidí capitalizar lo bueno e ignorar lo que no me gustaba. Ciudad del Cabo tenía para mí hermosas montañas, las playas más lindos del mundo, la vida tranquila de una ciudad pequeña. Además, nos gustó sentirnos seres casi anónimos, libres de cualquier pertenencia.
Pasé esos dos años ocupándome de la casa y criando a mis hijas de 2 y 3 años, cosa que me daba mucha felicidad porque creo que nada, pero nada en la vida, me gusta más que los niños. Sin muchos amigos, lejos de la familia, sin tele ni radio, pasaba las horas con ellas. Jugábamos, paséabamos, caminábamos por los bosques, nadábamos en el mar.

Por suerte, me había llevado cantidad de libros y discos, que me mantenían conectada con mis pagos, además de las larguísimas cartas que escribía y las que me traía el cartero todos los martes. Al tiempo el stock de libros se acabó y no tuve otra opción que leer en inglés. Descubrí así a Doris Lessing y a Coetzee, entre algunos otros.
Podría seguir horas y horas, pero se me hace que ya los aburrí.

14.6.10

Una interpretación

A veces, de un malentendido surge la mejor de las historias. Otras no. Sencillamente con el mal entenderse se alborota el avispero y se descarrilla de a dos: salta uno, salta el otro.
Mejor es no saber, mejor es no moverse.
Encerrarse en el cuarto propio e imaginar, sólo imaginar, la propia construcción del mundo y de los otros. Que ni una coma cambie de lugar, que ni un paréntesis se abra allí donde no debe haber paréntesis. Que nadie se salga de pista porque se pensará mal del derrape, nunca el ir más allá de la pista será eso y nada más. Los mínimos gestos, las palabras más llanas se malinterpretan sin porqué, solo porque se ofrecen para dejarse malinterpretar.
A otra cosa, entonces. El otro, el malinterpretado, finalmente aprende la lección. Lo mejor será correr hacia la casilla de largada, nada de volver a empezar como dice la canción. Allí se quedará, en la casilla que lo encierra y seguirá jugando si es que hay un juego en el lugar perfecto: en su propio mundo, en su forma de mirar. No habrá víctimas ni victimarios. Apenas un telón que cae antes de tiempo sobre los actores de un primer o segundo acto de una historia, entre todas las historias posibles.

Foto: Gualterio Pulvirenti

7.6.10

Elige tu propia aventura


Parece que desde la punta del pelo hasta el dedo gordo del pie, cada parte de nuestro cuerpo reclama a los gritos sus más de cinco minutos de fama.

Si uno no se masajea el cuero cabelludo como Dios manda, corremos el riesgos de perder no sé cuántos pelos por día. Horror.
Los ojos, dicen los que saben, necesitan estímulos para prevenir hipermetropías y presbicias: ejercicios y más ejercicios, varias veces por semana: miramos arriba, abajo, al centro y adentro. Y otra vez. Y una más.
De ahí a la boca hay un solo paso. No basta con un buen cepillado veloz. No. Hay un hilo dental que requiere cierta técnica, hay un enjuague que barre lo indeseable y hasta entró en escena un limpialengua anatómico para terminar con el 99% de no sé qué. A la mañana y a la noche, por lo menos, el kit deberá entrar en acción.
Seguimos bajando y nos detenemos en las cervicales: ejercicios para mantener la flexibilidad y para evitar las contracturas; giro para un lado, giro para el otro: tres series de diez o cuatro de doce.
Más abajo, ¡ojo!, no descuidar las dorsales y las lumbares. Si hay que ir al piso, se va al piso y arriba y abajo una y otra vez, como para aceitar lo articulado y evitar la oxidación.
Otro tanto con las caderas, habrá que fortalecerlas para mantenerlas firmes: una acá y la otra allá. Hora de más piruetas y de yogures vitaminizados.
Tobillos que giran varias veces por día = tobillos jóvenes.
La reflexología, a su vez, parece que obra maravillas si se masajea ahí, en el lugar exacto donde se reproduce cada órgano, cada chacra.

Creer o reventar.
O creer o probar.
Puertas adentro la cosa se complica. El intestino exige una dieta rica en fibras. El corazón debe ponerse en marcha tres o cuatro veces por semana, veinte minutitos dos veces por día como para aumentar la monotonía del tum-tu-tum tum-tu-tum hasta alcanzar el tucutumtucutumtucutum y tucutum.

El hígado, el páncreas, los riñones tendrán sus propias y personales demandas, pero el marketing corporal ha tenido piedad de estos órganos invisibles. Aunque, ahora que lo pienso, siempre está el agua que habrás de beber: como mínimo, cuatro litros por día. Y quien habla de agua habla de la piel, la tan deshidratada. ¡Ah!, ¡la piel!: no damos abasto con los retinoicos, los liposomas, los mandélicos y ácidos frutales, las máscaras de uva o de barro, y los nuevos serums, apenas la base para un cuidado casero, fuera de gabinetes y clínicas de belleza harta-ortomolecular.
Una crema para cada centímetro cuadrado de piel, donde hay celulitis no hay pata de gallo, y viceversa.
Las neuronas, pobrecitas, se achicharran si no las azuzamos con nuevos desafíos: sudokus, problemas matemáticos, sopa de letras. Más ejercicios para la memoria, no olvidarse, por favor. La cosa es sencilla: todas las noches habrá que pasar revista por los acontecimientos del día, ¿qué ropa tenía fulano? ¿de qué color es la casa de mengano? ¿qué fue exactamente lo que dijo zutano?
Y todo esto, solo para empezar.
Porque habrá también que cultivar el intelecto.
Y el mundo interior que nos habita.
Y los afectos, que, se sabe, no funcionan a control remoto.
Es decir: no hay tiempo para todo, las 24 horas del día no alcanzan ni para la mitad de la mitad.

Uno entonces debe elegir: esto sí, esto no.
Y resignarse a andar por la vida con la cadera en falsa escuadra, el corazón aletargado, las neuronas empastadas o los pómulos tirantes, casi al borde de la implosión.

20.5.10

Lecturas de otros tiempos II

Después de esos buenos primero años de lecturas, puedo precisar exactamente cuándo empezó el capítulo dos.
Ya había probado las delicias del propio lenguaje con los versos de la poesía gauchesca, con los cuentos de Quiroga y las rimas de Lorca. Tiempo después me abalancé sobre las princesas tristes de Rubén Darío, las metáforas de Neruda y los poemas de Mario Benedetti, antes de que se convirtiera en un poeta popular y antes de que algunos frunzan sus afiladas narices cuando se lo nombra: "...porque tú siempre existes dondequiera / pero existes mejor donde te quiero / porque tu boca es sangre / y tienes frío / tengo que amarte amor / tengo que amarte...".



Me acuerdo que copiaba en una libreta los versos que más me conmovían ("... hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé...") , con una letra prolija y casi musical, que seguía la cadencia de cada palabra. También se me daba por escribir, cuando mi corazón penaba o, simplemente, cuando se me contagiaban las ganas de rimar.

Terminé el secundario e ingresé en la Universidad, con las ansias intactas de seguir leyendo. Me acuerdo especialmente de Los Hijos de Sánchez, de Oscar Lewis y de Las venas abiertas de América Latina, de un joven Galeano, casi nuestro libro de cabecera.

Pero el primer autor argentino que marcó a fuego mi gusto por la literatura referencial, por esa forma de leerme en espejo, fue Eduardo Gudiño Kieffer. Jamás olvido aquel tiempo en el que devoré Guía de Pecadores (todavía hoy busco por las calles del microcentro a los ciegos pecadores), Será por eso que la quiero tanto y Carta Abierta a Buenos Aires violento. Guía de Pecadores se hizo para mí una historia irresistible. Guardé por años ese ejemplar y en cuanto mis hijos tuvieron edad, ahí les dejaba yo el libro sobre la mesa de luz: sabía que sería el principio de un nuevo capítulo en el historial de sus lecturas. Y no me equivoqué. El único ejemplar fue de mano en mano, con sus hojas descosidas, enganchadas a la contratapa con un clip azul. Lo mismo hice con las novelas de Benedetti: La tregua, Gracias por el fuego y Primavera con una esquina rota.
A Gudiño le siguió otro autor que todos leíamos con fervor: Jorge Asís. Flores robadas en el Jardín de Quilmes y Carne Picada, más exactamente, tiñeron de época cada calle de la ciudad.
Ocupada con el aquí y ahora, poco sabía yo de los clásicos, que aterrizarían de golpe, en los años por venir.
Mientras, devoraba con ferocidad literatura latinoamericana: Scorza, Carpentier, Onetti (sobre todo, Onetti), Marechal, Carlos Fuentes, Rulfo, Sábato, Roa Bastos, Jorge Amado, David Viñas, Manuel Puig. No me perdía un solo libro de Vargas Llosa (Conversaciones en la Catedral, La Ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras, La Guerra del fin del mundo), creo que fue mi preferido de aquel entonces. Algo de García Márquez, algo de Cortázar (lo más fuerte aún no: Rayuela, ay, Rayuela), Donoso, el boom.
Los hijos fueron naciendo. Recuerdo un embarazo junto a El jardín de al lado; y el parto aquel, en el que frente a cada contracción, revoleaba Redoble por Rancas por los aires.


Los hijos crecían y yo seguía leyendo. Así, como leo yo, caóticamente, con voracidad.

Hasta que...


Próximamente: Lecturas de otros tiempos III: los clásicos, mi librero, el profesor aquel. Autores americanos.

18.5.10

¿Telenovela, unitario, novela o novelón?

Cómo elegir una telenovela (si es que se quiere ver una telenovela):

1) No tiene que ser diaria: demasiado esclavitud, además de que puede ocasionar problemas familiares.
La última vez que me enganché mucho fue con El tiempo no para. Como leer un novelón por entregas: las mismas ganas de más.

2) Es absolutamente imprescindible que me gusten los actores. Pensemos en lo que tenemos aquí y ahora. Juanita Viale, la Malparida, es linda entre las lindas, pero la lindura sola no alcanza. Yo quiero más.


3) Tiene que haber quimíca entre él y ella. O entre ellas y ellos. Pienso en Ciega a citas, que veo de tanto en tanto. Bien por Rafa Ferro, pero ella... no lo sé, me dan ganas de decirle a Marcelo que salga rajando; que la quejosa Lucía no es para él.

4) Más allá de la pareja protagónica, hacen falta hermanos y hermanas, tíos y tías, amigas y amigos con historias jugosas detrás.

5) Un buen guión.

6) Que los personajes femeninos no tengan tantas cirugías, porque me distraen, me las paso pensando qué se habrán hecho y cómo lucirían sin rellenos y estiradas.

7) Sobre estos principios básicos, descarto, entonces: Botineras, Malparida, Ciega a citas (que veo cada tanto) y Alguien que me quiera, y elijo, como si estuviera frente a una vidriera de colores, Para vestir santos.
Porque me dura el envión de Tratame bien, porque la dan sólo los miércoles, día en el que sigo extrañando a las Chokaklian (sobre todo a José, ¿por dónde andará?). Porque me gustan las tres actrices, aunque me hagan acordar un poco a las tres locas de hace unos años, porque hay mucha tela que cortar, porque si me aburro, apago la tele y chau.