Vengo de una familia de muchos hermanos (amplia mayoría de mujeres): disfruté de sus pros y padecí algunas contras, pero puestas en la balanza, las adhesiones superan a algunas aversiones.No podíamos tener todo lo que queríamos, había que esperar el mes en que finalmente nos llegaba el turno de los zapatos nuevos. Compartíamos cuartos, roperos, baño. Los cuartos de la casa eran austeros; no se necesitaba más que las camas, alguna mesa con sillas, y sábanas y cubrecamas sobrios y fáciles de lavar. Dos o tres muñecas para todas, juegos de mesa, una bicicleta con la que nos turnábamos para dar vueltas manzana. Jugábamos en la calle entre nosotros o con los vecinos, nos inventábamos juegos; no necesitábamos la última barbie ni a su novio Ken, ni sus coquetos elementos de peluquería. Eso sí: los autitos eran del varón.
Aprendíamos a dormir con la luz prendida si la otra estaba leyendo o a seguir en la cama, sin chistar, cuando alguna se levantaba a las 6 para ir a la universidad.
Las menores heredaban la ropa de las mayores: privilegio asegurado para la mayor y hartazgo repetido para la menor, que recibía una y otra vez el mismo camisón rosa en distintos estados de decrepitud.
Si algo nos dolía, recibíamos siempre la misma respuesta: "ya se te va a pasar" o "estarás incubando algo".
Fuimos creciendo en dulce montón.
Ya más grandes, había que esconder aquello que no querías que nadie te usara: un vestido nuevo, un disco, un shampoo. Aunque si rogábamos con cierta estrategia, podíamos conseguir el tapado de una o la cartera de la otra. Pero era el precio que había que pagar para disfrutar de esas noches de confidencia en las que nos quedábamos conversando y riéndonos hasta muy tarde.
Había que respetar las horas de las comidas, si llegabas último a la mesa, encontrabas la fuente vacía. Si quería repetir, había que apurarse o arañar la fuente.
Había que respetar las horas de las comidas, si llegabas último a la mesa, encontrabas la fuente vacía. Si quería repetir, había que apurarse o arañar la fuente.
Hoy nos reímos porque todos comemos en dos minutos, una tara que nos quedó de esa infancia numerosa.
También festejamos, cada tanto, recuerdos de esa época, y mantenemos algunas sanas costumbres. Cada vez que nos juntamos, nos vemos llegar cargando bolsas con ropa para pasarle a otra, y con libros y revistas para intercambiar.
Somos incondicionales los unos con los otros, porque además de ser hermanos, nos contamos el mismo y fiel relato de infancia en patota, una y otra vez.
También festejamos, cada tanto, recuerdos de esa época, y mantenemos algunas sanas costumbres. Cada vez que nos juntamos, nos vemos llegar cargando bolsas con ropa para pasarle a otra, y con libros y revistas para intercambiar.
Somos incondicionales los unos con los otros, porque además de ser hermanos, nos contamos el mismo y fiel relato de infancia en patota, una y otra vez.










