Hay conversaciones interesantes de principio a fin: las intimistas (cuando hay afinidad con la persona con la que se intima); las que giran alrededor de un tema que nos inquieta o nos define; las divertidas, esas que ocurren de tanto en tanto a fuerza de pura empatía y buen humor.Pero hay otras que nos condenan al único lugar posible: al rincón de la escucha sostenida frente a ése que habla y mientras habla busca algo que decir.
Como en todo, están los que se instalan en las antípodas del parlanchín: los que solamente escuchan, como si en el fondo custodiaran aquello de lo que no quieren hablar y nos obligan, entonces, a sostener un conversar que se atasca una y otra vez.
Hay conversaciones equivocadas con personas equivocadas.
En esos casos, mi especialidad es óptima. He ido perfeccionando mi técnica a través del tiempo y hoy puedo decir que mi método es 100% efectivo: soy capaz de entretenerme con mis propios pensamientos mientras que el que cacarea sigue cacareando.
Están, quién no lo sabe, los que hablan a través de los achaques de su cuerpo, los que no pueden alejarse ni un segundo de su aquí y ahora. Los emisores que no se preguntan, jamás, si lo que están contando le interesa a su receptor, y que ni siquiera pueden decodificar la actitud del prisionero.
Pero quiero ser sincera.
Las conversaciones que más temo son las de los conversadores-exploradores. Así, de repente, uno se encuentra diciendo con todas las letras lo que no tiene ganas de decir. Porque el explorador tiene un no sé qué, un magnetismo que irradia desde su manera de mirarnos y se termina, indefectiblemente, cayendo en sus redes cazadoras. Al final de la charla uno siente que ha sido saqueado.
Hay conversaciones equivocadas con personas equivocadas.
En esos casos, mi especialidad es óptima. He ido perfeccionando mi técnica a través del tiempo y hoy puedo decir que mi método es 100% efectivo: soy capaz de entretenerme con mis propios pensamientos mientras que el que cacarea sigue cacareando.
Están, quién no lo sabe, los que hablan a través de los achaques de su cuerpo, los que no pueden alejarse ni un segundo de su aquí y ahora. Los emisores que no se preguntan, jamás, si lo que están contando le interesa a su receptor, y que ni siquiera pueden decodificar la actitud del prisionero.
Pero quiero ser sincera.
Las conversaciones que más temo son las de los conversadores-exploradores. Así, de repente, uno se encuentra diciendo con todas las letras lo que no tiene ganas de decir. Porque el explorador tiene un no sé qué, un magnetismo que irradia desde su manera de mirarnos y se termina, indefectiblemente, cayendo en sus redes cazadoras. Al final de la charla uno siente que ha sido saqueado.
Y por suerte, hay conversaciones placenteras que se deslizan plácidamente por los vericuetos del adentro y del fuera de dos o tres sentados frente a un pocillo de café.





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