El sr J. y yo nos hemos enganchado con la serie The Tudor. Es la primera vez que vemos algo así juntos, pues discrepamos en nuestros gustos cinéfilos. Somos una pareja al revés: yo apunto a los policiales, adoro los embrollos de las mafias, y me inclino por la pura ficción. Él, en cambio, a pesar de su personalidad combativa, se le erizan los pelos frente al primo disparo y elige, siempre, historias de la historia.Así que aquí estamos, ya por la segunda temporada de la vida loca de Enrique VIII.
Me enganché, no digo que no. Es una serie "hecha para la TV", es decir, hubo ahí un gran equipo que pensó la manera de no dejarte respirar entre capítulo y capítulo. Pero yo, cada tanto, me despisto, y en medio de los miles de your Majesty y your Grace, se me da por pensar en el revés de la trama.
Por ejemplo.
Una serie no se sostiene como Dios manda si entre sus personajes no hay, por lo menos, un personaje bueno, cosa difícil de encontrar entre Los Tudor. Todos son tan crueles y asquerosos. Apenas logran conmover la pobre Catalina de Aragón y, de a ratos, Tomás Moro, hasta que su obsesión con la Reforma lo lleva a quemar a los herejes a fuego lento. Chau, Moro, no te quiero más.
Otro serio inconveniente resulta plasmar el concepto de belleza de la época.
Digo.
El escaso conocimiento de mundo que uno tiene (corroborado por las imágenes de wikipedia de hoy), nos lleva a imaginar una Ana Bolena de labios finos, frente ancha, raya al medio y dos jopos al costado, nada más lejos de la belleza posmoderna de la Ana que vemos capítulo a capítulo. Si yo fuera Pancho Dotto, la contrataría para las pasarelas del Este ¡ya!
Ni hablar de Enrique VIII. ¿No era gordo y fiero? Jonathan Rhys Meyers tiene una dentadura muy años 2000; yo le hubiera manchado los dientes, incluso, una caries en una de las paletas no le vendría nada mal a la construcción del personaje.
Otro caso que hace un quiebre en la verosimilitud de la historia (no hablo de veracidad, estoy adiestrada en la ficción) es el de Margarita, la hermana del Rey de la sonrisa Kolynos. No sólo porque su boca parece un muestrario de las bondades del ácido hialurónico. No. Sobre llovido, mojado, pues usa el pelo suelto, apenas ondeado a fuerza de buclera caliente, como una de las heroínas de nuestros peludos Valientes. Su rostro es tan pero tan setentista, que no puedo dejar de imaginármela con jeans pata de elefante o fumándose un porro en Woodstock. Muy raro; ni por un minuto le creo a esta Margarita con sus pechos siliconados.
Hasta ahora han pasado tres mujeres por la vida de don Enrique, nos faltan unas cuantas. Hasta el momento y pesar de los años, él sigue muy buenmozo, su dentadura reluce, y sus abdominales no muestran signos del paso del tiempo.
Pero tendrán que envejecer. Muero por ver cómo lo logran. Si es que lo logran, claro.












