
Enero en Buenos Aires; la ciudad hierve mientras sus grises queman mis ojos. Ya no los soporto, me pesan, me aplastan, como me aplastan las palabras de María: esto no va más, Germán, me voy, te dejo...
Mis zapatos se pegan al asfalto estático y caliente, y el humo porteño me envuelve y me sofoca. Pienso en María, en su mirada siempre enigmática, siempre lejana. Otra vez me lastiman sus palabras como me lastima el sol caliente de esta tarde.
Compro el diario en el kiosco de la esquina y me dirijo sin prisa, casi arrastrándome, a la estación Retiro. En el camino voy cruzando hombres y mujeres que, agobiados como yo, vuelven a sus casas después de un día de trabajo más. Todos cargan tristezas, lo sé, pero el calor sofocante y la humedad que nos envuelve nos hace sentir un poco menos solos, porque esta vez todos somos víctimas impotentes de un mismo y único enemigo: el sol que nos quema, nos derrite y nos consume. Y otra vez María, y las palabras, y la mirada ausente, lejana.
Aflojo la corbata buscando un poco de alivio que no llega. Apenas me siento en el tren, abro la ventana con fuerza, enérgicamente, aferrado a la ilusión de encontrarme con una ráfaga de aire seco, pero en cambio entra, arrollador, un vaho húmedo, caliente, que huele a enero en Buenos Aires.
Una mujer gorda y desgastada se sienta frente a mí. Siento su respiración entrecortada. Con la mano izquierda se pasa un pañuelo descolorido y pegajoso como la tarde por su frente mojada, y con la mano derecha agita, sin fuerzas casi, un abanico improvisado con un par de hojas de diarios viejos. Los ojos, rodeados de gotas de sudor espesas como lágrimas, miran hacia un lado y hacia otro, suplicantes, y después los cierra y echa su cabeza hacia atrás, mientras resopla una y otra vez.
Me doy cuenta de que su presencia me molesta. No la quiero cerca de mí. Me levanto, pido permiso y salgo..
Busco otro lugar pasa sentarme, pero todos están ocupados. Me paro al lado de la puerta y apoyo la espalda en el respaldo del último asiento. Enfrente, dos hombres jóvenes se quejan del calor, al tiempo que acercan apenas sus cabeza transpiradas al vidrio sucio y tibio, buscando desesperadamente algún indicio de alivio en el horizonte.
Al rato me aburro de escucharlos... y entonces las palabras de María resuenan otras vez en mis oídos pero ahora penetran hasta el fondo y es como si por unos instantes accediera a la real y dolorosa dimensión de lo que ellas significan para mí. Y lloro, y aprieto mis ojos con fuerza.
Una mujer se para a mi lado. La miro de reojo mientras seco mis lágrimas y la examino, buscando tal vez despejar mi cabeza y olvidarme por unos segundos de María, del calor, de la pesadez, de las palabras, de la soledad, de la humedad aplastante de este enero en Buenos Aires.
Veo su perfil y el auricular que cuelga y se enrosa por entre mechones de pelo casi rubio. Es linda, a pesar del calor, de la asfixia. Su brazo desnudo toca mi brazo; al rato se separan y se vuelven a tocar siguiendo el movimiento rítmico del tren y de nuestros cuerpos que lo acompañan resignados. Escucho algunos acordes de la música que disfruta, una melodía un tanto sincopada, un piano que clama por lluvia, un blues que se me pega en las entrañas y que se suma al traqueteo del tren y a nuestros cuerpos acompasados. Su piel húmeda roza mi camisa mojada, y mi brazo, mojado también, busca esa humedad pegajosa y sensual que me hace revivir, que me da aire y abre mis pulmones. Entonces la siento sonreír. No quiero mirarla pero todo mi ser me traiciona y la miro, y veo unos ojos cálidos y claros, que me conmueven y me despejan. Sonrío sin pensar, como se sonríe en días felices.
Gotas de transpiración caen desde su frente y las veo recorrer la piel blanca y joven hasta acomodarse, graciosas, sobre su boca; y la veo después pasándose la lengua por los labios mientras todo su rostro se frunce en un gesto casi cómico. Otra vez sonrío. Ella entonces se quita uno de los auriculares que cae sobre su hombro desnudo y con gesto familiar me lo ofrece. Te va a gustar, dice.
Escuchamos en silencio, pero nuestros brazos siguen en contacto y mi sonrisa sigue a su sonrisa.
El tren detiene su marcha en la anteúltima estación. Las puertas se abren cuando nuestros cuerpos detienen también su movimiento. Entonces me animo y le pregunto.
¿cómo te llamás?
Azul, contesta, feliz.
De repente y desde el horizonte, nubarrones negros avanzan velozmente sobre la ciudad que hierve. El cielo se estremece.
Por fin va a llover, dice Azul, y me mira.
Por fin, le contesto.
El tren entonces reanuda su marcha. Nuestros brazos vuelven a tocarse. Un contrabajo sordo festeja la lluvia estrepitosa que cae con fuerzas sobre el tren, en esta tarde casi azul de enero en Buenos Aires.