Salgo de casa por Arenales... ay, no, por Neyer, con una larga lista de cosas para hacer, de esas aburridas que hacemos las mujeres. En el camino al centro de mi barrio, me ensarto detrás de cuanto colectivo anda por ahí; los semáforos, lejos de darme tres luces celestes, no me perdonan ni una sola vez, rojos rojos y más rojos. En el único trayecto libre de semáforos, me como una loma de burro de las del tipo Everest. Una vez en destino, tardo en conseguir fichas para el parquímetro. El maldito repuesto para la aspiradora no ha llegado aún. En una de las sucursales de la Boutique del libro no quieren cambiarme un Lamborghini –al que no le pude entrar– que había comprado en otra sucursal la semana pasada porque no tengo la boleta (boletas y tickets, he ahí un tema para desarrollar).Ok, me voy, con las ganas intactas de llevarme los Diarios de Sylvia Plath, cosa que no hago, un poco por venganza y otro, porque son carísimos. De ahí a la librería comercial a buscar un organizador semanal, pero ¡oh!, 40 pesos: ni loca, me lo fabrico yo. Próxima parada en la perfumería, a intentar cambiar un lápiz negro (súper marca) para ojos que resulta, vaya novedad, que ahora viene con brillitos. Pero nadie me dijo ojo, mujer, que tienen brillitos. No tengo nada contra el brillo que por suerte no se ve: es que me lastiman el ojo porque, sepanlo, el brillo raspa. Cómo sé que lo compraste acá, es lo que esperaba escuchar y lo que, claro, escucho. Hasta la vista, baby, y a la farmacia, a buscar gotas para mis ojos raspados. Entro en una, no tienen mi obra social. Tampoco en la segunda. Sí en la tercera: ¡bien! Me toca el número 45 y van por el 15. Me hago la paciente, espero y mientras espero agarro una mascarilla de la góndola de acá, un cepillo para el pelo de la góndola de allá, hasta que me aburro y me rebelo, no es cuestión de que me obliguen a gastar. Dejo todo y me voy con mis ojos rasposos a la casa de lanas. Quiero una madeja de ese color que ya no hay, porque parece que las mujeres están preparando el stock para tejer durante las fiestas del Bicentenario y el Mundial.
Harta, pego la vuelta con la ilusión de empezar hoy un nuevo trabajo más que interesante pero en el camino (estoy detrás del colectivo más latoso), suena mi celular y me avisan que se posterga la publicación hasta fin de año, que muchas gracias, que nos hablamos en octubre o noviembre. Prendo la radio, como para despejarme de tanta mufa; un señor que no es Horangel dice: escorpianos, cuidado, que hoy el día viene complicado. Creer o reventar. ¿Será Mercurio? ¿Será Plutón el culpable de esta mañana adversa?
Abro la puerta de casa y me avisan que mi perra –que es una perra-pesadilla–, se fue y nunca más volvió. Al fin una buena, pienso, justo en el momento en que la veo venir hacia mí a todo galope, para hacerme las fiestas de todos los días. Me deja mi blanco pantalón con manchas de barro. Un barro pringoso. Color terracota. Yo ya no sé qué pensar. Para mí que el anónimo malo me ha echado una maldición.
Harta, pego la vuelta con la ilusión de empezar hoy un nuevo trabajo más que interesante pero en el camino (estoy detrás del colectivo más latoso), suena mi celular y me avisan que se posterga la publicación hasta fin de año, que muchas gracias, que nos hablamos en octubre o noviembre. Prendo la radio, como para despejarme de tanta mufa; un señor que no es Horangel dice: escorpianos, cuidado, que hoy el día viene complicado. Creer o reventar. ¿Será Mercurio? ¿Será Plutón el culpable de esta mañana adversa?
Abro la puerta de casa y me avisan que mi perra –que es una perra-pesadilla–, se fue y nunca más volvió. Al fin una buena, pienso, justo en el momento en que la veo venir hacia mí a todo galope, para hacerme las fiestas de todos los días. Me deja mi blanco pantalón con manchas de barro. Un barro pringoso. Color terracota. Yo ya no sé qué pensar. Para mí que el anónimo malo me ha echado una maldición.












