
Voy al supermercado, siempre resoplando porque lo odio.
La idea es volar por entre las góndolas y plaf plaf plaf plaf, tirar en el carro las cuatro o cinco cosas que sí o sí necesito. Cierto es que entro mal predisupuesta, así que cuando me topo con un señor al final del pasillo y nuestros carros se rozan, apenas me disculpo y sigo mi camino, a las apuradas. No tanto porque estoy con el tiempo justo, sino más bien para salir cuanto antes de ese lugar horrible. Pero de golpe, y en medio del perdón-perdón, siento el aliento a ajo del recién rozado. Uf, qué baranda.
Doblo en la espantosa góndola de los papeles higiénicos y me detengo junto a otro señor que está por agarrar el pack de seis rollos; el hombre levanta el brazo y ¡uf! un olor a chivo denso y agrio revolotea por el aire.
Qué olorosos andan todos hoy, me digo, justo en el momento en que un fuerte vaho a ajo se acerca por la otra punta. Así las cosas: el señor del ajo y el señor del chivo frente a la estanterías de los papeles ingratos. Huyo, como huyen los que han visto la luz mala, pero tan traicionera es mi suerte que elijo hacer la cola en el sector verduras detrás de una mujer con exceso de perfume a bergamota. Los olores se me mezclan en la punta de la nariz y estornudo y resoplo y vuelvo a estornudar.
Ya en la línea de cajas, saco el billete que huele a plata sucia, a ajo, a transpiración, a bergamota fermentada. Pago y rajo. Camino con mi escuálido carro rumbo a la salida. Como son las siete de la tarde, hay gente sobre todas las baldosas. A mi lado un chico chupetea la mostaza que va chorreando del gigante pancho que aprieta entre las manos; su hermanito come chipá, que huele como huele la mandioca. Avanza el de olor a chivo, le sigue el que destila ajo.
Por suerte, la mujer abergamotada se distrajo en el sector perfumería.
¿Seré yo? ¿Tendré un quiste en el cerebro que decidió hoy trastornar el sentido de mi olfato?
Llego a casa. Hace frío y prendo la chimenea. Al instante, un increíble aroma a madera chispeante inunda mi casa. Inspiro con todas mis ganas para reciclar el aire de mis pulmones empalagados.
Por suerte, la mujer abergamotada se distrajo en el sector perfumería.
¿Seré yo? ¿Tendré un quiste en el cerebro que decidió hoy trastornar el sentido de mi olfato?
Llego a casa. Hace frío y prendo la chimenea. Al instante, un increíble aroma a madera chispeante inunda mi casa. Inspiro con todas mis ganas para reciclar el aire de mis pulmones empalagados.












