11.1.10

Mi amiga y yo*

I

Josefina y yo tenemos once o doce años. Yo soy unos meses mayor, también soy un poco más alta –y no digo: mucho más alta, porque siempre quise ser así, petisita como ella, tanto más armoniosa que yo–; ella es rubia y tiene la cara apenas redonda... o así se la ve al lado de la mía, angulosa y flaca. No sé si será esa redondez o, quizás, su sonrisa plena; la cosa es que su rostro es alegre; el mío, no.
Un día –lo recuerdo muy bien–, me dijo, sonriente, pícara como siempre: “cuando te reís, sos mucho más linda”. ¡Ay! Me acuerdo que pensé: “tengo que sonreír”.

Las dos vivimos en el mismo barrio. Nos visitamos: vamos y venimos de una casa a la otra. A mí no me gusta tanto ir a su casa, porque ella tiene muchos hermanos varones grandes, como cuatro; y yo apenas uno, al que le llevamos diez años. Además, como son muchos, su pobre madre no tiene más remedio que llevar, digámoslo así, un régimen más estricto que el que reina en mi casa: somos mujeres y mi madre se olvida siempre de hacer cumplir las leyes que pregona. La de ella, no.


Mi amiga Jose es ruidosa, alocada, dramática a su modo, pero por sobre todas las cosas, ¡simpática! Yo soy tranquila, tímida, dramática a mi modo, y no tengo el más mínimo atisbo de simpatía.
A veces escuchamos música juntas, sobre todo, canciones de amor. Nos gusta llorar infelicidades, aunque sean ajenas. Entonces, nos recostamos mirando el horizonte, y no nos importa si el punto en el que fijamos la vista, allá lejos, es la flor amarillenta del empapelado de mi cuarto, o alguna punto lejano en el Río de la Plata. See the tree how big it growns...Conociéndote, mi vida halló una razón…Silence is golden, golden…un mechón de tus cabellos…
Otras veces, en cambio, adivino que ella escucha cosas que a mí no me gustan, como ella sabe que no podemos compartir ni a Larralde ni a Gardel.


Jose siente un interés fluctuante por el deporte; a mí no me gusta. Bueno, no es que no me gusta porque no y punto. No me gusta porque siento vergüenza. Soy alta, me sobra cuerpo.

Cuando no tenemos puesto nuestro uniforme de colegio, nuestro aspecto se parece mucho menos. Ella es dueña de una seguridad que yo no tengo –su habilidad para caer bien la convierte para mí en su ser superior– a pesar de que su ropa no es ni parecida a la ropa que uso yo. Lo que pasa es que todavía ella no puede elegir. Yo puedo decidir el largo de mi pollera: “más corta, más corta”, le digo a mamá, y ella, entonces, sube el alfiler y cose por donde yo apoyo mi dedo. Jose no. El largo de la pollera lo marca su mamá.

Vamos al mismo colegio. Lo mejor del colegio es el recreo, mucho más, desde que ella y yo nos ocupamos de tocar la campana. Tenemos que salir antes de la clase y correr por todo el colegio anunciado la buena nueva: “terminó la hora...¡a jugar a las cañas, a espiar a los chicos del colegio de varones, a juntarse con el Club!”. El Club somos ella, Zorra, Mary y yo. Virginia nos odia, pero las dos sabemos que lo que más le gustaría en la vida es ser parte de nuestro grupo.

Lo que mejor hacemos juntas, digámoslo así, es conversar. Por eso, creo, nos hicimos amigas. Para poder conversar.
Y esa amistad hace que nos sintamos, en cierta forma, superiores. Nadie –pensamos– habla de las mismas cosas que hablamos nosotras, ni ha descubierto lo que descubrimos nosotras. Por lo tanto, nadie es tan interesante.
Sólo nosotras nos quedamos absortas conversando –mano sobre mano, como nos decía la mamá de Jose– y lo disfrutamos, porque en esas horas de charlas y reflexión, una es espejo de la otra y así, cada cual, va construyendo, pieza a pieza, el rompecabezas que alborota nuestras vidas.

Soñamos juntas: con hijos, con una familia, con un Hombre. Nos inventamos, siempre, la mejor de las vidas. Y mientras, nos vamos enamorando: Enrique, Canito, Miguel, Juan, Gustavo, Álvaro, Carlos.

En las fiestas, ella reluce porque es risueña, porque se ríe, porque es vital, porque sabe con qué coquetear, porque baila bien; en cambio yo, como soy alta y flaca –aunque mis caderas son un poco anchas y hacen que me sienta fuera de caja– y tengo ojos desteñidos, me siento poco graciosa, y entonces me escondo detrás de otras cosas: de la intimidad, del abrazo, de la amistad.

Nuestros diarios íntimos parecen, aunque nosotras no. Sentimos la vida con la misma pasión; sufrimos cuando hay que sufrir, nos juramos amor eterno en las buenas y en las malas, nos cuidamos; nos queremos. Y las dos tenemos a un dios que nos sirve para legitimar nuestros deseos, anhelos y frustraciones, y para que escuche –siempre– nuestros tartamudeos interiores.

A veces creo que buscamos lo aún sin nombre. Y que en el destino azaroso, impredecible, ponemos la esperanza. Y si una certeza tenemos, es la de sabernos dueñas de una amistad que nos ampara, que no nos deja indefensas ante el mundo, que nos permite construir nuestra vida en rosa, a pesar de la sospecha –casi la certeza, por qué no decirlo así– de que nadie, nadie... sabe en realidad cómo vivir.
Hoy sólo nos importa narrar nuestro presente.

II


Jose y yo ya somos mujeres adultas. Hace unos meses, cuando yo cumplí años, me dijo: “ vos sos la persona de la cual hace más tiempo que soy amiga”. No voy a decir que hemos recorrido, muchachas –ella y yo–, un largo camino, porque no me gusta recurrir a lo ya dicho, cuando hay tanto aún por decir.
Y entonces digo que: Yo sigo con mi aire melancólico (soy una mujer posmoderna, puedo decirlo así) y ella con su risa plena, pero las dos sabemos lo que hay en el corazón de la otra.
Que ella sea de Cáncer y yo de Escorpio nunca me dio más pistas de las que supe encontrar en su forma de nombrar cada palabra.
Que yo sé de sus pulsiones y ella de las mías; que en nuestras horas de negros descensos, sabe ella, y sé yo, encontrar la punta de ovillo y desmarañar así, poco a poco, lo que la vida a veces convierte en revoltijo.

Que pasamos algunos años más unidas que otros, porque la vida así lo quiso: yo, aquellos años jóvenes y efervescentes, cuando lo más importante para mí estaba lejos de mi barrio y de mi infancia. Entonces no fuimos receptivas a las ideas de la otra ni a sus recorridos, ni a sus vivencias. Pero no importó. Después vinieron años de andar por otros mundos: ella en París; yo, por otros lados. Algunas cartas iban y venían, como vinieron los hijos y los años.

Digo también que cada una tiene al hombre a su lado, con sus luces y sus sombras, pero digo también que ahí están, con más luz que oscuridad cuando la propia penumbra ahoga. J. y J. tienen en común dos cosas, sólo dos; la jota que los nombra y la amistad, libre de ripios, de las mujeres que quieren.
Que ciertos nombres suenan para ella y para mí como la canción de las sirenas, no hace falta que lo diga: cuando nombramos a los hijos, nuestra piel se regocija.

Y si voy a decir todo, digo también que tantos años de amigas-para-siempre nos convirtieron en dueñas de un lenguaje propio.
Si ella llama y dice: “¿En qué andás, Estre?”, yo sé que estamos un poco perdidas y que un paso habrá que dar; no importa quién, porque como en el juego de la oca, lo importante es avanzar un casillero, siempre avanzar: yo hacia ella, ella hacia mí.

En días desapacibles, sabemos que una buena conversación será lo único que dará cuerpo y calor a una mustia tarde gris; que un cafecito mañanero en algún bar de nuestro pueblo podrá ser lo que necesitamos cuando la escala de nuestras autoestimas tambalea sin razón; sabemos también que cuando hablamos por teléfono, mientras una revuelve la cazuela del día y la otra acomoda zapatos tirados por toda la casa, somos capaces de reírnos a carcajadas de nuestros propios modos de estar en el mundo. Y que podemos pasar del tema más profundo y escabroso, a preguntarnos qué nuevo producto salió para el pelo o dónde comprar lo que haya que comprar.

Digo que me gusta de ella su espontaneidad, su falta de disfraz, sus convicciones, su humildad. Pero lo que más me gusta –porque me hace reír, porque me divierto, porque veo por un rato el mundo desde otra perspectiva, porque su mirada no es la mía, pero es la de ella , la de mi mejor amiga–, es el fluir de su conciencia. Dice cómo sólo Jose puede decir, y uno entonces participa del más maravillo monólogo interior que, en nuestro caso, se escribe de a dos.

Digo con orgullo, que a esta altura podemos afirmar que jamás nos juzgamos, a pesar de nuestros muchos tropiezos; que nunca quisimos ser modelos para nadie, mucho menos, para nosotras mismas. Que si algunas certezas tenemos, una de ellas es la de sabernos amigas.

Y cómo no decir que apostamos a mucho más: por qué no, a reírnos de los próximos y múltiples achaques, a alegrarnos con cada logro de uno de los nuestros, a liberarnos, finalmente, de nuestras heridas más hondas; a seguir viviendo con coraje.


* sí, es muy largo, ya lo sé. Pero esto lo tenía y por primera vez no se me ocurrió nada para hoy, ¿será el calor?

21 comentarios:

Angie Angelina dijo...

Es precioso, Estre, muy emotivo. Cuando lo leia me acordaba de Girasola, mi mas antigua amiga que cuando se caso se fue a vivir a La Plata. la conozco desde los 9 años y he tenido sensaciones parecidas a las tuyas.
J y J: los dos Sres, el sr de Estrella y el Sr de Jose se llaman con la misma letra.
¿los conocieron juntas? me quede con intriga.
No me parecio largo, me habria gustado seguir leyendo, es muy real, muy de mujer, sin la banalidad de la chick lit actual.
Ah, y no creo que seas posmoderna, no se, para mi es un termino medio peyorativo y vos no cabes ahi.
Besos
Angie

lucia dijo...

como dice angie, yo hubiera seguido leyendo...! será porque las conozco tanto a las dos, que se me cayeron un par de lágrimas! jose vio esto nena?!?!

jorge dijo...

Hermoso, conmovedor, bien redactado. Todos quisièramos exribir así, con el corazón en el teclado.

filo dijo...

Sí!! qué lindo Estre! las amigas de la infancia tienen un lugar en la eternidad, con gusto releo y espero la parte II. Besos Estre!

janfi dijo...

Muy lindo es verdad.
¿Faltan un "se" en -nuestros diarios íntimos parecen, nosotras no?
(No seré Galois, pero leí con atención un texto que lo merece)

Angie (la original) dijo...

Me pasó lo mismo que a Lucía: un lagrimón nostalgioso y la pregunta: Jose lo leyó?

T.M. dijo...

Que hermosa oda a la amistad, es el espejo de lo que usted siente, se lo dijo así como hoy, alguna otra vez? a su amiga. Creo que si lo está leyendo debe tener el corazón estrujado. Un abrazo.

Marina dijo...

Es un relato hermoso. Pero más que el relato, la historia que vive en vos y en ella, es hermosa. Por lo que contás, puedo imaginarlas y creer en la obviedad de que tenían que ser amigas. Me alegro mucho de que puedas tener una amiga así y de que ella pueda ser admirada así. Un beso enorme!

Stella dijo...

Estre, que lindo!!! Un placer leer esto que escribiste! Y de ninguna manera es largo. Nada es largo si se lee con placer!
Compartiste estos sentimientos que tenemos las mujeres. Seguro todas las que por acá pasamos nos sentimos mas o menos identificadas!
Me encantó tu historia de amistad eterna!

Besooos

Koba dijo...

Muy bueno Estrella, como siempre.

Glenda dijo...

Que lo tiró! Se me bajaron las cejas y dibujó una sonrisa, no sé si llorar o reirme. Me voy a llamar a mi amiga Renée, ¡la tengo tan lejos!

lucia dijo...

Si esto tiene continuacion, ponela... dale dale

Reina dijo...

me encantó Estrella!! que linda historia de amistad... aprovecho para saludar a mi amiga L y decirle que la quiero mucho!! besos!

Estrella dijo...

ANGELINA,
A los J los conocimos cada uno por su lado. Se parecen tan poco como nosotras.
Me encantó lo que me dijiste sobre la litchic, gracias!

LUCÍA,
No hay más; se lo escribí a Jose para un cumpleaños; lo tenía ahí, medio olvidado. ¿Nos imaginás allá lejos y hace tiempo?

JORGE,
La verdad es que sí, lo escribí con el corazón en el teclado: me gustó eso, Jorge. Gracias!

FILO,
No hay segunda parte, áhí termina la cosa. Quizás la escriba cuando seamos dos viejitas machucadas.
Me alegro de que te haya gustado!

JANFI,
Ah! ya lo arreglo. Es que le saqué algunas partes, se ve que se me escapó esa palabra. Galois hace escuela!

ANGIE ORIGINAL,
Como le conté a Lucía, se lo escribí para su cumple, y creo que le gustó. El original es más largo, con anécdotas y asuntos familiares. Qué bueno que COMENTASTE, nena!

T.M.
Hemos vivido tantas cosas juntas, y siempre así, cerquita, a pesar de todo. Un beso, M.!

MARINA,
Hay una historia detrás de cada amistad, y la nuestra tiene lo suyo. Ay, si ustedes supieran!
Gracias, marina!

STELLA,
Pues eso: somos mujeres y entendemos la amistad de una manera especial, ¿no? En las buenas y en las malas, y siempre a través de la palabra!

KOBA!
Veo que te estás poniendo al día, ahora voy a leer tus otros comentarios. Y a contarte en tu blog que vi Bastardos sin gloria: ¿¿cómo no la vi antes?? Buenísima.

LUCÍA,
No, no, no hay continuación. Quizás dentro de unos años...
Sos tan bonita!

Estrella dijo...

REINA,
No me lo vas a creer, pero te juro que más de una vez pensé en la amistad de ustedes, tan cultivada, tan vital, tan amorosa, en en exacto sentido de la palabra. Gracias por pasar, leer y decir!

Estrella dijo...

GLENDA,
Eso sí que está bueno: que leer esto te haya despertado las ganas de decirle hola a tu amiga Renée!

Angie Angelina dijo...

Por eso te dije que no me pareces posmoderna, posmoderna son las chick lit!

Angie Angelina dijo...

ademas de que chick lit es totalmente peyorativo, "chick" es tb diminutivo de "chicken"= gallina, parece que los periodistas de aca no lo saben y se llenan la boca con la chick lit que es una moda más.

Cassandra Cross dijo...

Sencillamente, me encantó tu forma de escribirlo, Estrella.
Buen finde! :-)

luli, un placer dijo...

Que bueno! Que bueno todo! Hay relaciones y personas que son increíbles.
Perdón, me presento. Soy Lucía, hija de Juan Carrera. No se cuánto se conocen en realidad, pero me dijo que hable con vos. Tengo 16 años y este es mi último año de colegio.
Estoy buscando por todos lados que estudiar cuando termine, que es lo que me gusta, a que quiero dedicarme. Una de las opciones es Letras, y por eso te busco a ti; para que me cuentes algún día de que se trata la carrera, el trabajo y todas esas cosas.
Me gusta escribir, y éste es mi blog, aunque no subo hace bastante. Se puede chusmear y comentar. Saludos y gracias.

Estrella dijo...

Gracias, Luli. Voy para allá.