Lunes 12 de mayo, 1986Hoy hablé con Borges, que está en Ginebra. A eso de las nueve, cuando íbamos a tomar el desayuno, sonó el teléfono. Silvina atendió. Pronto comprendí que hablaba con María Kodama. Silvina le preguntó cuándo volvían; María no contestó a esa pregunta. Me dio el teléfono y hablé con María. Le comuniqué noticias de poca importancia sobre derechos de autor (una cortesía, para no hablar de temas patéticos). Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara con voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. "Regular, nomás", respondió. "Estoy deseando verte", le dije. Con una voz extraña, me contestó: "No voy a volver nunca más". La comunicación se cortó. Silvina me dijo: "Estaba llorando". Creo que sí. Creo que llamó para despedirse.
Sábado 14 de junio, 1986
Después de almorzar, decidí ir hasta el quiosco de Ayacucho y Alvear, para ver si tenía Un experimento en el tiempo: quería un ejemplar de reserva. Un individuo joven, con cara de pájaro, me saludó y me dijo, como excusándose: "Hoy es un día muy especial". Cuando por segunda vez dijo esta frase le pregunté: "¿Por qué?". Porque falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra", fueron sus exactas palabras. Seguí mi camino.
Pasé por el quiosco. Fui a otro de Callao y Quitana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges. Que a pesar de verlo muy poco últimamente, no había perdido la costumbre de pensar: "Tengo que contarle esto. Esto le va a gustar. Esto le va a parecer una estupidez". (...).
Borges, Adolfo Bioy Casares, Ediciones Destino, Buenos Aires, 2006.
lustración: Norah Borges.



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