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23.11.09

En tela de juicio (XXI)


"La plata no nos da la felicidad... ¡pero cómo ayuda!".

No es cierto, a veces el dinero no hace más que hacernos perder toda posibilidad de ser felices.

El señor A. murió de viejo hace unos meses. Dejó nueve hijos, una esposa enferma y desmemoriada, y una suculenta fortuna. No se trata de una de esas familias de nuevos ricos. No. Más bien hablo de una de esas pocas familias que tuve la suerte de poder darles a sus hijos la mejor educación, el refinamiento en los gustos, el acceso al arte, a los viajes, al mundo.

El señor Z. murió de viejo el viernes. El sábado lo despidió una multitud en un cementerio de Pilar. Ahí marchaba la procesión de paraguas multicolores, entre los truenos y las centellas, bajo un cielo encapotado. Dejó una esposa bien plantada y siete hijos adorables, uno de los cuales lo despidió diciendo, entre otras cosas: "ahora nos vamos a reunir con mis hermanos para ver cómo nos repartimos lo que nos dejó el viejo". La multitud no sólo sonrío; hubo carcajadas, pues el señor Z. fue un pato toda su vida.

Hoy, los hijos del señor A. están divididos así: uno contra todos; al día siguiente, dos contra siete. Al mes, son cuatro contra cinco, o mujeres de un lado de la trinchera y varones del otro. La cosa es que no se aguantan; ha surgido lo más cruel de cada quien, se odian, se insultan, se desean la peor de las suertes. Uno de ellos es el encargado de velar por el cuidado de la madre, es decir, de pagar el equipo de enfermeras que la cuida y de ocuparse de sus finanzas.

La familia del señor Z. se organizó para cuidar a su padre durante todo un año de agonía... que uno se queda a la noche, que el otro cubre la tarde y el nieto mayor, la mañana. La esposa trajina de acá para allá, a pesar de los muchos años y de los mil contratiempos. No se queja, sólo protesta cuando en pleno entierro sus hijos la ponen como ejemplo de entereza. Que no, dice ella, que no soy la Madre Teresa, que claro que protesto, lo que pasa es que ustedes no se dan cuenta. Hasta es humilde la buena señora. Pero sus hijos no olvidarán nunca el amor con ella lo cuidó.

Yo miro desde afuera y tomo nota de lo que veo.

La familia A. está a punto de desintegrarse, cada uno de los nueve hermanos está envenenado su corazón, aprendiendo a odiar por un puñado de billetes, aunque se diga que no, que no es la plata, que es otra cosa.

La familia Z. sonríe. Todos. Dicen que este último año fue muy rico para ellos. Hermanados como nunca, salieron a capear el temporal. Cada uno es en sí mismo como una gema de oro. Los dos varones: hombres cabales como el padre, solidarios, generosos, buenos hombres. Y las mujeres... ni hablar. Divertidas, inteligentes, contenedoras, fuertes.

Yo no sé que hubiera pasado con la familia del señor A. si no hubieran tenido un peso, ni que hubiera sido de la familia del señor Z. si hubieran tenido la fortuna del señor A.

En eso me quedé pensando...
Y también, en que la mejor de las fortunas que uno puedo dejar como legado tiene que ver con cómo se ha vivido, atento a qué temas, diciendo qué palabras. Los amigos, los hijos y los nietos heredarán, entonces, un tesoro inagotable o una bolsa de gatos, sucios y enmarañados.

26.5.09

En tela de juicio: 50 y 50

Cuando una pareja se separa, la culpa se reparte en un 50 y 50*.

No, yo digo que no es así.
El amor es un espejismo, quién no lo sabe.
Más allá de esa atracción primera que se produce por un "porque sí", la imaginación de quien se enamora, deliciosamente, construye el resto. Ahí va, sumando rasgos y talentos, a la medida de su corazón amante.

Nos inventamos un otro casi perfecto. Las campanas suenan y las pieles se erizan y celebran.
Con el tiempo, es inevitable la deconstrucción, pero si una pizca de ese amor prendió en nuestro ser amante como un gajo en tierra fértil, el resto es cuestión de voluntad, de querer querer, de cuidado.
Y una alianza amorosa puede convertirse en una de las grandes dichas de la vida: el compañero de ruta. Siempre que entendamos que no hay un alguien a la medida del otro, una completud para mi ser inacabado.

A veces las parejas se separan porque uno deja de amar, o los dos, o porque la ruta se hace intransitable de tanta turbulencia. O porque se decide, sin más, salirse del camino por propia vocación.

Se dice que "él no le da lo que ella necesita", o que "ella buscó afuera lo que no tenía en su casa".
Pero como no somos como la galera inagotable de un mago, siempre habrá algo que no estaremos dándole al otro. Si somos rubios, no podremos ser morochos, si tímidos y silenciosos, cómo ser extrovertidos o chispeantes... Si nos gusta el calor y el verano, jamás podremos ofrecer, sin fisuras, el placer por el frío y el viento.

Cuando una pareja se separa, no siempre sabremos el porqué.
Solo sucede. Ni 50 y 50. Ni 60 y 40.
Ni "you need two for tango", como dice mi amiga S.
Hay quienes ensayan cortes y quebradas solitos, al compás de los propios sueños o de incomprensibles pero inevitables pulsiones.
Misterios del amor y de la vida.
*texto ya publicado hace muuucho.

1.9.08

No hay

No hay poeta sin descenso.
No hay Sabina sin nube negra.
Ni Lorcas sin luna, luna.
No hay Arlt sin ciudad absoluta.
No hay artista sin aplausos.
No hay rosa si no hay espinas.
No hay mares sin pasado.
No hay calendario inmóvil.
Ni patria malquerida.
No hay lectura sin parada.
No hay dieta sin triste vida.
No hay publicidad sin mentiras.
No hay lector sin horas quietas.
No hay tinelli sin cinismo.
Ni echecopar sin pobres sentencias.
No hay legrand sin no hay espejo.
Ni argentinos sin espasmos.
Ni libreros sin sorpresas.
No hay palermos sin tibias salads.
No hay domingos sin los diarios.
Ni lunes sin "hoy empiezo".

30.6.08

¿Qué opinión le merece...?

En tela de juicio:

"Todas las opiniones son válidas".

Hay opiniones que entran a rodar y a rodar hasta convertirse en un lugar común, como es, justamente, el decir que todas las opiniones son válidas o respetables.
No lo son todas, de ninguna manera.
Hay opiniones sabias, constructivas, inteligentes; y otras, banales, tramposas, oportunistas, insustanciales.
Así, tendrá más peso el juicio de un cinéfilo sobre la efectividad de un plano secuencia que la de aquel que va al cine cada dos años. Un director de orquesta podrá cuestionar la acústica de un teatro con mejores argumentos que las de un economista, y la opinión de un Nelson Mandela sobre procesos de pacificación será mucho más respetable que la de Marcelo Polino y sus intentos por restablecer los vínculos después de una disputa entre dos vedettes.
No todos sabemos de todo, a pesar de nuestra argentinidad pretenciosa.
Ni el jugador de fútbol ni el político o el cantante, como tampoco el hombre común, al que de prepo y en plena calle se le ponen un micrófono y debe decir en cinco minutos, sin repetir y sin soplar, qué opina de las retenciones, la nueva Ley de Unión civil o la contaminación de las papeleras.
Por supuesto que no se trata de callar a nadie. Que cada cual diga lo que quiera, pero h
ay opciones: como la de mantenernos en silencio, antes de decir por decir, y correr el riesgo de quedar empantanados en nuestras propias palabras.

14.5.08

En tela de juicio

"Una imagen vale más que mil palabras".

Que una imagen llega antes, que golpea primero, que es más contundente, qué duda cabe.
Una imagen valdrá más que mil palabras si lo que deseamos es llegar rápido..., ya, en el instante mismo en el que ve está viendo.
Miro la foto de una publicidad de cosméticos. Andy Mc Dowell, después de usar esa crema (y no otra), queda como la tortuga Manuelita al salir de la tintorería de París.
La imagen busca impactarme, pero quien la ideó no se da cuenta de que yo le hago pito catalán a la tersura de esa piel. Y como de cada imagen se desprenden las palabras, cambio el relato A (si uso esta crema mi piel se verá así) por el relato B (¿acaso piensan que van a convencerme tan desfachatadamente?).
En épocas de retoques y fotoshop, los publicistas tendrán que idear otra manera de apelar a mi necesidad o a mi ilusión... No sé, ¿imágenes con textura?, ¿certificado de imagen libre de photoshop?, ¿garantía de naturalidad asegurada o le devolvemos la diferencia?
Habrá que ver...

17.3.08

En tela de juicio (correcciones en color naranja):

Tus hijos (no) SÍ son tus hijos
(No) Vienen de ti, (sino) Y a través de ti
y aunque estén contigo
(no) de alguna manera, sí te pertenecen.
Puedes darles tu amor,
(pero no) y algunos de tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos, claro.
Puedes abrigar sus cuerpos,
(pero no) y también sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que (no) pueden visitar
(ni siquiera) quizás, en sueños.
¿¿Puedes esforzarte en ser como ellos??,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad. Así sea.

25.2.08

Malosentendidos

El hombre con un traje raído camina por el microcentro. No es un hombre mediocre, es un hombre apenado.

Vemos a una mujer con la mirada extraña, deambulando por un shopping un martes a las tres de la tarde y pensamos que es una mujer malgastando sus horas. No lo sabemos: es su primera salida después de un dolor muy grande.

Un matrimonio con dos niños hacen un picnic a orillas del río. No es una familia más. No es una familia.

Un adolescente zigzaguea, borracho, por la calle. No va a robar, quiere que lo abracen.

En una reunión, una pareja se toma de la mano y pensamos que es una pareja feliz.

Alguien le toca bocina a un viejo en la autopista: no se corre, como si no supiera manejar. El viejo va pensando en el Teorema de Fermat.

Categóricamente lo tildamos de antipático, pero él lucha contra su extraña timidez.

Leemos el blog de una mujer de mediana edad y pensamos: que se vaya a lavar los platos.

El hombre gordo y desprolijo, con su barba desplumada, parece el dueño de un corralón, pero es un cirujano de los buenos.

Camina por la calle con aire de mujer flaca, aunque es gorda.

En un bar, una pareja permanece en silencio. No es que no tengan nada que decirse, no les molesta el silencio.


13.1.08

En tela de juicio

"Nosotros, ¡los artistas!..".
Qué sería del mundo sin artistas, pero ¿quienes son, qué los define? Habría que pensar primero qué es el arte; vaya pregunta. A través de los tiempos, el hombre ha intentando apresar respuesta desplegando una y otra vez miles de preguntas: ¿tiene el arte que ver con la belleza, con la trascendencia, con la mirada del que mira, con el silencio del que calla, con lo estrictamente novedoso?
Que sí, que no... como si aquello que lo nombrara se moviera en aguas pantanosas. Quizás podamos definirlo por lo que no es y así, como quién va despellejando una cebolla, lleguemos aunque sea a una de las puntas del ovillo.
La televisión, abusiva en su esencia, llama "artista" a aquel que llega desde lejos con la guitarra al hombro para cantar en Operación Triunfo, o a la bailadora que, montada en sus patines, da muestras de una gran destreza para las piruetas más entreveradas. Cuantas noches hemos visto los ojos de Marley falseando el llanto y diciendo una y otra vez: "vas a llegar, porque sos un gran artista", y a don Tinelli o a la mismísima Nazarena Vélez hablando no ya de su ser vedette o actriz, sino de su condición de reverencial "artista".
"Pasan los años, pasan los gobiernos, pasan los veranos, quedan los artistas",
dice una canción de Pinti, y de ahí se agarran con uñas y dientes actores, actrices, artesanos, bailarinas, cantantes, pintores; como si "ser artista", o mejor dicho, "sentirse artista" tuviera de por sí un valor superlativo con respecto a los demás oficios, vocaciones o trabajos.
Banalizar el arte es, por lo menos, frustrante para todos aquellos jóvenes o no tan jóvenes que se saben poseedores de algún talento y llegan, tal vez por descarte o por cierta inclinación por el mundo artístico, a la idea de convertirse, por definición, en artistas. Y hacen collares en las plazas y malabarismo en los semáforos, y forman grupos de teatro y escriben poesías, y bailan sobre el hielo o cantan por televisión.
Dice uno de los personajes de Coetzee, en su libro Juventud: "Muchos son los llamados y pocos los elegidos. Por cada gran poeta hay un grupo de poetas menores, como mosquitos zumbando alrededor del león".

5.12.07

En tela de juicio

"Los hombres manejan mejor que las mujeres".
Todo depende del lugar desde donde se lo mire.
¿Quién sabe qué es, exactamente, el carburador? El hombre.
¿Quién revisa agua y aceite cada vez que carga nafta? Posiblemente, el hombre.
¿Quién está al tanto de cuánto llevan las gomas? El hombre, ¿y qué?
¿Quién se desespera si andamos en segunda a ochenta kilómetros por hora? De más está decirlo.
¿Quién díganme quién, sabe si la correa está floja o si el motor recalienta?
¿Quién tiene mejores reflejos y se mueve confiado en pleno microcentro a las 7 de la tarde? El hombre, claro.
Pero.
Pero... ahora, díganme ustedes si no:
La mujer es más educada cuando se traslada de acá para allá; siempre es una verdadera dama; deja pasa, pide disculpas cuando muuuuuy ocasionalmente (digamos: casi nunca) comete una pequeñísima imprudencia; se desplaza más despacio, espera cuando hay que esperar y nunca, pero nunca, maldice como un energúmeno, es decir: COMO UN HOMBRE.
Desde ya, pido disculpas a los educados y respetuosos. Pero a ese... sí, a ese que hoy me gritó "negra puta*" con los ojos desorbitados cuando yo no subí la velocidad porque él estaba apurado, a ése, le digo que alguna día me voy a dar el gusto de cantarle las cuarenta. Y al que el mes pasado se me pegó atrás en la ruta, haciéndome luces indecentes (y no: incandescentes), y a aquel que hace un tiempo me gritó cosas horribles (sí, horribles), porque paré en un semáforo; y al rubio narigón del Gol azul, que me maldijo porque creyó que lo iba a chocar (claro que no lo choqué); y al de camisa blanca y gestos de mafioso que me miró duro porque... ¡qué se yo por qué!... y a todos los demás: ellos ya saben, a los cobardes les hablo, a aquellos que no me dirían lo mismo si me tuvieran frente a frente. Me dejan tan mal esos insultos, que se me atraganta la rabia mientras los veo rajar en sus autos fálicos.
Por eso digo, ¡qué van a manejar mejor los hombres! Algunos... y estoy siendo bondadosa.
* no soy negra (apenas una morocha) y mucho menos, puta. ¡Ey!, a vos te lo digo: ¿y si lo fuera, qué?

14.11.07

En tela de juicio

"No hay como el cine para ver una película".
No quisiera sonar nostalgiosa, pero díganme si no: ¡ya no se puede ir al cine! Por lo menos, no los fines de semana, pues uno se encuentra con un sinfín de obstáculos.
Un pochoclo por acá; una pizza con peperonis por allá. ¡Ah! si hasta uno extraña el ruidito del papel de celofón del caramelo... porque se pelaba y ¡chau!, en un instante terminaba el martirio. Ahora hay que soportar los baldes interminables de popcorn, porque con el nuevo hábito vino el nuevo nombre. Joder. Se me dirá que los baldes de palomitas de maíz abundan en películas pochocleras. Ya no. Hoy dicen presente hasta en las iraníes, en esas en las que casi no hay diálogo, solo, por ejemplo, un bote que avanza lento por un río oscuro, con el único sonido del ruido de remo atravesando el agua. Al plam, plam, plam del movimiento del agua, hay que agregarle el crac, crinch, gruacc, brrruanch del acaramelado maíz pisingallo, pues nadie le enseño a nadie cómo deben ir al rescate del de arriba, en lugar de revolotear por los bajos fondos.
Si no es el crunch cranch, puede que nos invada el olor fuerte de los tacos mexicanos, o el salame hipergraso de la pizza derretida y tibia.
Los celulares suenan (tiririririri, uuuiii, pinpinpin, uaiuai, lalala, leleli); la gente contesta y entonces el: "No, nene, mañana no puedo, tengo fútbol, llamalo al chango, y te dejo porque estoy en el cine".
¿Quien recuerda ese silencio sacrosanto, ese hablar apenas en murmullos no bien uno avanzaba por el pasillo en busca de la mejor ubicación?
Dentro de poco, la gente irá al cine con pantuflas y la mantita del sillón al hombro, para sentirse 100% como en casa. El problema es que ¡no estamos en nuestra casa!
¡Estamos en el cine!
Shhhhhhh...

26.10.07

En tela de juicio

"El mundo de la moda ama el negro porque es el color más seductor".
No sé el mundo de la moda, pero sí sé por qué las mujeres amamos el negro: ¡porque es práctico!
Una de las máximas que pretendo dejar marcada a fuego en mis hijas, como San Martín a su hija Merceditas, es la siguiente: "Si descartas todas las prendas de tu ropero, porque sientes que nada te favorece ese día, prueba con algo negro y saldrás airosa".
Por lo tanto, digo, con la seguridad que me da el haber transitado este camino, que el color negro no es para nada el color de la seducción, sino el comodín perfecto de las mujeres indecisas.
El vestido negro (según una especialista en moda que escribió hace unos años un libro sobre el tema) se define por aquello que no es: no es suntuoso, no es llamativo, no es incómodo, no es un color indiferente.
En otras épocas, vestirse de negro tuvo connotaciones oscuras, fue el color del pecado y de lo sobrenatural. Se visten de negro las monjas, los ermitaños, los eruditos, los abogados. Hace muchos años, los oscuros no resaltaban entre el resto, más bien se fundían en una única negrura. Pero a la aristocracia, en el siglo XVII, se le ocurrió usar colores suaves, y dejó al pobre negro pegado a la idea de austeridad, de falta de gracia.
Después surgió el color del luto, como la negrura severa de la señora Bernarda Alba.
Lo adoptaron también los románticos para potenciar sus languideces.Ya en el siglo XX, y con la crisis económica de los años 30, una mujer vestida de negro era sinónimo de elegancia y de modestia; no eran tiempos de andar ostentado. En cambio, las décadas de los cuarenta y de los cincuenta brilló como el más festivo de los colores; lo usó Edith Piaf, lo usaron los beatniks en sexys poleras, y todo aquel que quería reflejar el estado de su interior de caverna. La época del punk rock lo instaló, con toda su furia y como único posible, en los setenta.
Hoy, nosotras, mujeres modernas y urbanas, lo usamos ... porque es práctico y amigable: si no sabés qué ponerme, ¡avanti con el vestidito negro!

(Perdonen, hombres, esta digresión tan profunda).

10.10.07

Enlaces de blogs

Tanto koba como jose soriano y crab trasladaron a sus blogs la frase puesta en tela de juicio en el post anterior. Pasen por ahí, se los recomiendo, hay reflexiones que valen la pena.

Otra frase que pasó por En tela de juicio y dio qué hablar: acá.

9.10.07

En tela de juicio:

"Cada pueblo tiene el gobierno que se merece".


Cada vez que escucho esta frase (tan seguido, por cierto) algo hace ruido dentro de mí. Y hoy pienso que no es cierto. ¿Se merece un mal gobierno el obrero que hace su trabajo, vuelvo a su casa bañado y planchado, listo para comer y dormir? ¿Qué culpa tienen maestros y profesores que a pesar de sueldos escasos y poco cuidado, enseñan, alimentan y contienen a más niños de los que su preparación les permite? El abogado que es un buen abogado, el médico, que hace su trabajo a conciencia, la empleada doméstica que lava y cocina en casas ajenas y en la propia, las personas que donan su tiempo y sus ganas en las miles de ongs, para sumar su granito de arena en la construcción de un lugar mejor. El ciudadano responsable, cumplidor de las normas que nos permiten vivir en cierta armonía.
Hablo de una mayoría. Si no fuera así, no existiríamos como país.
Por eso creo que este pueblo no merece lo que tiene.
Que cada cual atienda su juego:
Que el cocinero cocine, que el médico cure, que el plomero destape cañerías, que el dentista saque muelas.
Que las clases dirigentes asuman su enorme responsabilidad. Que el gobernante gobierne y sirva a su pueblo; Que lo respete, que cuide a sus ancianos y proteja y eduque a sus niños, que castigue a los corruptos y rehabilite a los delincuentes. Que proyecte una nación próspera para el futuro, que no piense en sí o en su partido, sino en el otro, en aquel al que está representando y que sí hace su trabajo y se compromete con el papel que le toca desempeñar en esta sociedad.

28.8.07

En tela de juicio
¿No es hora de que digamos la verdad de la milanesa?
¿Hay realmente una cream que quita (sí, ¡quita!, dicen) el 30% de las arrugas en dos semanas?
¿Nacha Guevara tiene el pelo que tiene gracias a los masajes del doctor Schwanck o a las extensiones de Alberto Sanders?
¿Ustedes piensan que el antiregularis realmente ayuda para el "tránsito lento" (y ojo que lo pongo entre comillas) o que a Pancho Ibáñez le cambiaron la vida los L casei defensis?
¿Las semillas de pomelo (ahhh, ¡ésta es nueva!) combaten la osteoporosis y la harina de quinoa, la depresión?
¿Acaso alguien puede creer que Su Giménez usa productos Avon para engrosar sus labios?
¿Los verdes ensolves se comen, literalmente, la suciedad y las manchas?
¿Los exfoliantes de jojoba son tan efectivos como los hidrolizados de queratina para la piel o el germen de trigo para el anti frzz?
¿El Skip inteligent tendrá un coeficiente intelectual superior al Ala, el blanco más blanco?
¿Con Dove nos sentiremos más lindas cada día?
¿Los lactobacilos son tan indispensables como el omega 9?
¿Podemos ser tan tontas las mujeres como para enchastrarmos con semen de ballena o baba de caracol? ¿Y algún varón conquistó a alguien con el chuf chuf del Axe Marine o el Impulse Intense?
¡¡¡Por favor!!!

9.8.07

En tela de juicio


Los hombres envejecen mejor que las mujeres.

Y sí, esta vez no hay nada que discutir. Es así, y lo digo muy a mi pesar.
No voy a caer en el lugar común de decir que la pancita de los hombres es linda, porque de linda no tiene nada. Pero díganme si no: no es lo mismo decir "viejo de mierda" que "vieja de mierda". El "vieja de mierda" descoloca de un hondazo a la pobre mujer que ha pasado ya la edad de las sirenas.
Si bien viejo y vieja han perdido en el camino la vista, la memoria, el pelo, la hermosura que da la juventud, la mujer pierde más, sencillamente porque envejece peor.
Quizás en otros tiempos las palabras no hubieran herido de esa manera, tiempos de mujeres con rodetes y trapos negros hasta los pies. Tiempos de abuelas sentaditas al sol, de manos suaves y tibias para acariciar, de esmeros en la cocina, de horas de cuentos antes de dormir.
Se me dirá, y me digo también, que la mujer ya vieja se sabe mirada como ella alguna vez miró, sin la menor compasión, no a aquella abuelita digna de todo amor, sino a las que, a veces, vemos hoy.
Las que se maquillan mal porque ya no hay espejo que las refleje y entonces salen a la luz del mediodía con dos cachetes color bermellón, y aros brillantes que adornan su decrepitud; porque no puede enorgullecerse de sus panzas como hace el varón, y entonces se estrujan dentro de fajas color piel; andan sobre tacos, atentas siempre a la osteoporisis que podrá quebrarlas al menor descuido, tratando de apresar tan sólo una fugaz mirada, de cualquier hombre y en cualquier lugar.
Están también las que simulan envejecer con coraje, sobrias en sus vestimentas (se visten sin problema y sin placer) y anónimas en su andar; y esas otras, pobres criaturas modeladas como plastilina, que en su inútil afán de birlarle a la vida unas horas más de lozanía, no les importa exhibir sus remiendos a plena luz del sol.
Pero a unas y otras le duele envejecer.
Claro que a los hombres también, pero la mirada sobre ellos tiene más de simpatía y complacencia y mucho menos de crueldad.
Pienso en mujeres mayores que llegan a los cincuenta o sesenta, dignas, plantadas, bellas en su adentro y en su afuera, cómodas en su andarivel, habiendo aceptado que no hay negociación posible: la piel de los veinte no rebrota en cada primavera.
Ni rebrotará.

3.8.07

En tela de jucio


"Tinelli le da a la gente lo que la gente quiere ver".

¡Andá a cantarle a Gardel!
Esta es la respuesta que tienen a mano todos los que les conviene que la tele sea lo que es: basura. Que no es lo mismo que popular.

Así como Alan Poe construyó el lector de cuentos policiales, Tinelli ha construido el espectador de la televisión indigna, y lo alimenta día a día hasta el empacho.

Que es un hombre muy capaz, dicen algunos. Sí, tiene una gran habilidad para detectar la parte grotesca, grosera, conventillesca y malintencionada de la gente y hace todo lo posible por exacerbarla.

Miente, simula peleas y discusiones, instala una puesta en escena sin importale que se vean los hilos por detrás. Elige a los personajes más desagradables y saca lo peor de ellos; es guarango, falso, solapado, insoportable, gritón.

El engañador Tinelli, que se llena de plata embruteciendo (sí, embruteciendo) e intoxicando (sí, intoxicando) a su público -al que lleva de las narices sin esconder la soga-, no está solo: hay todo un equipo de grandes expertos detrás de cada programa, pensando en la mejor manera de agarrarte de la ñata para que te quedes pegado a la pantalla. Todos hacemos el mismo zapping, al compás de: “qué desastre esta televisión".

Hay quien mira y, mientras mira, no puede evitar quedar como fascinado por tanto revoltijo a la intemperie.

¿Él les enseñará a sus hijos a insultarse, a decirse cualquier cosa, a venderse por unos cuantos billetes, a mostrar lo peor de ellos mismos, a engañar a los otros?
No lo creo, para ellos debe de reservarles el mejor de los mundos. Y la escoria de la vida, en lugar de ponerla debajo de la alfombra, se la tira, como si fueran margaritas, a los chanchos, a sus televidentes, televidentes que él mismo supo modelar.
De ahí su gran responsabilidad.
En cuanto al horario de protección al menor: Ja.
Más de un niñito, desde Puerto Madero hasta la villa 31, han visto cómo la Suller acusaba a no sé quién de maricón, mientras hacía un gesto de “se la come” o agarraba un pene imaginario, al que chupeteaba como si fuera un rico helado de frutilla a la crema y chocolate granizado.
Mientras, el pelandrún de Tinelli ponía esa caripela de “ay, qué barbaridad, se zafó el hada madrina, esto es un descontrol”.
Úna fantasía propia: encontrármelo algún día, por ejemplo, en un ascensor estancado, para poder cantarle las cuarenta.
Si fuera mi padre le diría que me averguenzo de él. Si fuera mi hijo lo mandaría a la cama sin postre. Eso para empezar.
Y para terminar:
Si escuchar música, ver un buen programa, pasear o tener una buena conversación hacen bien, pues ver cosas horribles, violentas, escabrosas, falsas y mentirosas, hace mal. Me parece a mí.

23.7.07

En tela de juicio


Cuando una pareja se separa, la culpa se reparte en un 50 y 50.

No, yo digo que no es así.
El amor es un espejismo, quién no lo sabe. Más allá de esa atracción primera que se produce por un "porque sí", la imaginación de quien se enamora, deliciosamente, construye el resto. Ahí va, sumando rasgos y talentos, a la medida de su corazón amante. Nos inventamos un otro casi perfecto. Las campanas suenan y las pieles se erizan y celebran.
Con el tiempo, es inevitable la desconstrucción, pero si una pizca de ese amor prendió en nuestro ser amante como un gajo en tierra fértil, el resto es cuestión de voluntad, de querer querer, de cuidado.

Y una alianza amorosa puede convertirse en una de las grandes dichas de la vida: el compañero de ruta. Siempre que entendamos que no hay un alguien a la medida del otro, una completud para mi ser inacabado.
A veces las parejas se separan porque uno deja de amar, o los dos, o porque la ruta se hace intransitable de tanta turbulencia. O porque se decide, sin más, salirse del camino por propia vocación.
Se dice que "él no le da lo que ella necesita", o que "ella buscó afuera lo que no tenía en su casa". Pero como no somos como la galera inagotable de un mago, siempre habrá algo que no estaremos dándole al otro. Si somos rubios, no podremos ser morochos, si tímidos y silenciosos, cómo ser extrovertidos o chispeantes... Si nos gusta el calor y el verano, jamás podremos ofrecer, sin fisuras, el placer por el frío y el viento.
Cuando una pareja se separa, no siempre sabremos el porqué.
Solo sucede. Ni 50 y 50. Ni 60 y 40.
Ni "you need two for tango", como dice mi amiga S.
Hay quienes ensayan cortes y quebradas solitos, al compás de los propios sueños o de incomprensibles pero inevitables pulsiones.
Misterios del amor y de la vida.
Foto: Magdalena Sorondo.

16.7.07

En tela de juicio


Ladran, Sancho,
señal que cabalgamos.

Es ésta una de las frases que más se repiten y que menos tolero.
Vamos por partes.
En la mayoría de los casos, sólo se dice: "Ladran, Sancho...", con carita de triunfo, como la de aquel que acaba de ligar el as de espadas.
No suele citarla gente erudita, sino todo lo contrario: aquel que no ha leído ni Platero y yo, arremete con el "Ladran, Sancho" cuando, por ejemplo, se habla de él o de ella, no precisamente para alabar virtudes o destacar conductas ejemplares.
Digámoslo así: si Nazarena Vélez sale en todas las revistas porque se atragantó con el caño, o si la Moria-que-de-tan-operada-parece-un-travesti se enroscó en un beso revulsivo con Gracielita-la-que-no-envejece, y todos (¿¿todos??) hablan de ellas, lo más probable es que frente a la inquisición de los periodistas faranduleros, sacando pecho (¿¿es necesario más??) y con caras trinfadoras, contesten: "Ladran, Sancho...".
Si alguna vez la tenés en la punta de la lengua... ¡no la digas!
¡No!
En ningún párrafo de las andanzas del buen Quijote, el caballero andante le dice a su amigo algo ni siquiera parecido a: "Ladran, Sancho, señal que tropezamos".
Es así. Aunque no lo creas.

2.7.07

En tela de juicio

Somos
lo que
comemos.

Ni muy, muy...
¡¿Qué?!
Yo no soy un repollo y, mucho menos, una magdalena con salsa de frambuesa.

¿Acaso alguien que no come carne ES (¡ojo!, digo: ES) tan distinta a uno que sí? ¿En qué?
Se me dirá, con cierta razón, que el adicto a los hidratos de carbono será más gordo que el amante de los yuyos verdes. Pero no. Claro que no. ESTAR no es lo mismo que SER.
Dicho de otro modo: TENDRÁ unos kilos de más, pero no SERÁ esos kilos de más.
Podemos decir que Fulano es alto, morocho, inteligente, miope.
No podemos decir que Fulano es una tarta tibia de manzanas suaves sobre colchón de sensuales gajos de pomelos del sur.









Ni tan, tan...

28.6.07

En tela de juicio

La frase que dice: "ya vas a ver lo que es bueno", no anuncia nada bueno.